alienación.
(Del lat. alienatĭo, -ōnis).
1. f. Acción y efecto de alienar.
2. f. Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición.
3. f. Resultado de ese proceso.
4. f. Med. Trastorno intelectual, tanto temporal o accidental como permanente.
5. f. Psicol. Estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad.
Despedido. Así sin más. Treinta años trabajando en lo mismo y ahora en la calle. La crisis: los cojones. ¿Y ahora qué? Con casi cincuenta y sin empleo. Toda una vida dedicada a la misma labor y sin ninguna otra experiencia. ¿Quién iba a contratarle?
Una caja de pizza de hacía días y un montón de latas de cerveza vacías aquí y allá. Su casa apestaba y él también. Treinta años haciendo lo mismo una y otra y otra y otra vez y ahora ahí sentado, peleando con hongos por comerse un trozo de pizza. “Cabrones, si queréis pizza pagadla”. Empezó a reírse de sí mismo, de su situación. Lo que empezó con una tímida sonrisa acabo sonando como una escandalosa carcajada.
Necesitaba un cambio radical en su vida pero no sabía hacía que lugar. Se dirigió al baño y se miró en el espejo. Pensó largamente contemplando su absurda expresión. Cogió una maquinilla y empezó a afeitarse la cabeza. Verse como un calvo era algo que siempre había tenido curiosidad de hacer. Mientras iba quitándose uno a uno largos mechones de pelo, recordó algo y acabó dejándose una cresta al estilo mohicano. “¿Estás hablando conmigo?” Increpaba a su reflejo.
Sonó su teléfono móvil en ese instante, y él se quedo mirándolo unos segundos extrañado. “¿Diga?”. “Mira por la ventana. ¿Ves a esos tres hombres? Vienen a por ti. Sal del edificio” le dijeron. Colgó el teléfono sin más. No estaba para bromas.
Se sentó en su gastado y viejo sofá y siguió mirando aquel aburrido programa. Un extraño reality show americano donde solo participaba un único concursante. Un bebe. No tenía sentido alguno.
De repente alguien golpeo con fuerza a la puerta. ¿Quién sería? ¿Algún pesado vecino? ¿Quién iba a acordarse de él y de su patética existencia? Decidió no hacer caso alguno, pero un segundo golpeo más violento que el anterior le hizo decidirse a levantarse.
“Ya va, ya va, no hace falta golpear tan fuerte” exclamaba mientras se dirigía a la puerta en el momento que sonó su teléfono móvil una vez más. Sin pensar lo descolgó. “No abras la puerta. Mira por la mirilla. Ahora”. Al hacerlo vio a tres hombres de negro tras ella.
Caminaba por la cornisa de su edificio ante la incrédula mirada de los transeúntes que lo confundieron con un suicida. “Te vas a matar” se decía a sí mismo, cuando un soplo de aire hizo caer su teléfono móvil estampándose contra la acera. “No soy nadie”. Y volvió temblando de miedo a su piso. “Tengo que salir de aquí”.
Salió por la puerta de su casa. Los tres hombres de negro habían desaparecido y únicamente encontró a un vecino que subía por las escaleras con la compra. Se acercó a él saludándolo amistosamente y le tendió la mano. El vecino, extrañado ante tanta cordialidad estrecho su mano tímidamente y se sorprendió cuando le agarró con fuerza por la cabeza y susurrándole al oído le dijo: “Ahí va mi pequeño secretito…” y tras tres segundos en silencio le grito al oído: “¡Yo maté a Mufasa!”. Dicho esto, soltó al hombre y se marcho dando gritos escaleras abajo a toda velocidad mientras al petrificado vecino se le escapaban las bolsas de la compra de las manos.
Una naranja se deslizó de la bolsa cayendo por el hueco de las escaleras y formando un pequeño charco de zumo de naranja en el rellano. Cuando nuestro protagonista llegó abajo y vio la naranja sintió un escalofrío. “¡Alguien va a morir!” Pensó. Salió del edificio con esa frase en la cabeza, hasta que se dio cuenta que no estaba pensándola, si no gritándola a los cuatro vientos. No es necesario describir la reacción de los peatones ante tal actitud.
Avergonzado, se puso a correr. Corrió hasta que no pudo más y se paró en un desierto callejón. Al final del mismo volvió a ver a aquellos tres hombres de negro. Asustado no pudo hacer otra cosa que gritarles antes de echar a correr de nuevo. “¿Queréis joderme? ¡Cucarachas! ¡Querer joderme a mi es querer joder al mejor!”.
Siguió corriendo y corriendo hasta que exhausto entró en otro callejón y se escondió sentado en el suelo detrás de un container de basura. Se cogió fuerte las piernas y se empezó a balancear fruto del pánico. “¿Abogado? ¿Abogado?” Preguntaba una y otra vez hasta que una rata le sorprendió. “Ratita, te he visto la colita” dijo para sí mismo.
Cuando creyó que el peligro había pasado se levantó y anduvo perdido por la ciudad y por sus treinta años de trabajo ahora carentes de valor, hasta que llegó al frío río que atravesaba la ciudad. Allí comprendió lo que estaba haciendo. Lo que buscaba en realidad era el Santo Grial, y solo cruzando el puente invisible que colgaba sobre el río conseguiría su preciado objeto. Saltó al otro lado de la barandilla y tras suspirar y armarse de valor, se dispuso a dar un paso, un salto de fe, a lo que aparentemente era el vacío. Y no solo aparentemente ya que, al intentar poner el pie en el puente inexistente cayó al agua helada del río. “Rose…. Rose…” susurraba mientras se hundía en las frías y profundas aguas.
El viejo cine iba a ser derruido sin más. Casi cincuenta años abierto y ahora iba a ser reducido a escombros. Por sus butacas habían pasado cientos, miles de personas. Todas ellas ilusionadas. Todas ellas con ganas de soñar con las imágenes que desde detrás de sus cabezas se proyectaban en aquella enorme pared blanca. Y todas aquellas personas habían tenido un ayudante, un guía que les indicaban su lugar en aquella fábrica de sueños. Ahora ese guía, ese acomodador, descansaba en las profundidades de aquel frío río.

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