En la actualidad.
Manu y Carlos corren en ropa interior por la carretera de acceso a la Alberca del Palancar en dirección al taxi. Manu lleva un par de escopetas de cazador y Carlos el bidón de gasolina que, por las dificultades con que lo transporta, aparenta estar lleno. Sumado a su ya estrafalario aspecto, Carlos lleva además una boina ajustada a la cabeza.
- Vamos, vamos. – Apremia Manu a Carlos que se está quedando retrasado.
- Ya voy hostia, esto pesa un huevo.
A lo lejos y proveniente del interior del pueblo, se puede escuchar un gran alboroto acompañado por algún que otro grito.
Esta claro que en sus planes no estaba tener que salir corriendo de la Alberca, ya que de haberlo sabido quizá no hubiesen dejado el taxi tan lejos, cosa que hace que la carrera les parezca interminable. Al llegar finalmente al taxi, ambos se paran extenuados.
- Joder, podríamos haber pillado el todoterreno del capullo ese. – Indica Manu entre jadeo y jadeo.
- Si te hubieses esperado un poco en vez de echar a correr como un loco… – Contesta Carlos a duras penas.
- ¿Pero has visto que agilidad tenía la vieja? Dios mío ¿Qué tendría? ¿Ochenta años? Además, tú también podrías haberte preocupado más por eso en vez de ir robando boinas.
- Je, je… eso lo dices por que te da envidia.
Ambos se quedan un rato recuperándose de la carrera. Manu coge un paquete de tabaco de uno de los compartimentos de la puerta del copiloto y decide encenderse un cigarro mientras se sienta a descansar.
- Si no son los putos zombies, será el tabaco quien acabe contigo. – Le recrimina Carlos.
No se han sorprendido demasiado al ver un todo terreno abandonado a la altura del taxi, ya que hace un rato el Migue les ha hecho un resumen en el bar de Pepito de lo acontecido esa noche amenizando la historia con una buena paliza.
Mientras Manu da largas caladas a su cigarrillo, discuten sobre como actuar y no les cuesta demasiado llegar a la conclusión que una vez resuelto el problema de tener a un zombie en el asiento de atrás del taxi, y en caso de poder recuperar todas aquellas cosas de valor que guardaba a sus pies, la mejor opción es cambiar de coche.
Esto le hace recordar algo a Manu y le indica a Carlos que eche un vistazo a la parte posterior del taxi para comprobar si el maletín sigue estando en su sitio.
- Dios, que asco, eso está lleno de sangre y de cositas de… de algo. ¿Por qué no lo miras tú? Siempre tengo que hacer yo el trabajo sucio.
Enfadado, finalmente es Manu quien decide comprobar el interior de la parte trasera del taxi, mientras Carlos será el encargado de trasladar el contenido del maletero al todoterreno del Bundi.
Manu encuentra rápidamente un maletín de color negro, manchado parcialmente de sangre y con un grito de júbilo lo sostiene en alto, mostrándoselo a Carlos que acaba de cargar con una de las cajas de víveres. El grito se ahoga rápidamente dejando paso a una enorme expresión entre sorpresa y preocupación de Manu.
- ¡Vuelve a dejar eso en el maletero y vámonos cagando leches! – Le grita a Carlos.
Lo que acaba de ver no es más que el todoterreno de Gonzalo, con el Migue de copiloto, que se dirige hacía ellos desde la salida del pueblo.
Al verlo, Carlos vuelve a dejar la caja en el maletero, lo cierra rápidamente y tira el bidón al asiento de atrás del taxi. Mientras, Manu se mueve rápido al asiento del conductor tras dejar una de las dos escopetas de caza y el maletín también en los asientos traseros. Enciende el motor y arranca justo cuando Carlos se sienta a su lado, apartando éste la escopeta que ha dejado su amigo allí.
Dejando atrás una enorme columna de polvo, el taxi de Barcelona sale rápidamente de donde estaba oculto dando media vuelta y se incorpora a la carretera comarcal abandonando el lugar todo lo rápido que puede. Justo cuando parece ganar velocidad, el todoterreno de Gonzalo les da caza y se inicia una persecución alocada por una carretera en unas condiciones no mucho mejores que las que pudiera tener un camino forestal.
- ¡Joder, Manu, dale caña que estos nos matan! – Grita Carlos muy alterado.
- ¿Y que coño crees que intento? Esto no tira más.
El todoterreno de Gonzalo da un par de golpes a la parte de atrás del taxi intentando provocar que se salga de la carretera. Carlos coge la escopeta que ha dejado Manu en su asiento y le pregunta cuantos cartuchos pueden quedar.
- Yo que coño se. Supongo que dos.
Como si se tratase de una película de gangsters, Carlos asoma medio cuerpo por la ventanilla y apunta al todoterreno mientras Manu le pide que deje de hacer el tonto. Aun así, éste dispara reventando una de las ventanillas laterales del todoterreno y apunto está de caerse del coche por el retroceso del arma.
- ¡Adiós! – Exclama Manu sorprendido. – Pero si les has dado. Apunta bien que solo te queda un cartucho.
El segundo disparo no corre la misma suerte y lo que salta por los aires es la ventanilla trasera del taxi. Fruto de la desesperación y de la tensión, Carlos lanza la escopeta a sus perseguidores con un sonoro “cabrones”.
- ¿Cómo quieres que les de si te estás moviendo todo el rato? – Grita Carlos.
- ¿Como cojones quieres que no me mueva?
- ¿Dónde has dejado la otra escopeta?
- Atrás.
- ¡Cojonudo! Eres la hostia, Manu.
- ¿Y que ibas a hacer? ¿Cargarte la otra ventanilla o reventarme a mí la cabeza? Y como me vuelvas a llamar Manu te parto la cara. Me llamo Big Boss.
La persecución se está tornando cada vez más peligrosa, ya que al añadido de tener que soportar golpes en la parte de atrás, la carretera se encuentra en unas condiciones pésimas y un descuido podría hacer que cayesen por uno de los precipicios con fatales consecuencias.
Ajeno a este peligro, Manu intenta deshacerse del cigarro abriendo la ventanilla y lanzándolo por ella con tan mala suerte que el viento hace que vuelva al interior del vehículo y le caiga en el asiento, concretamente en su entrepierna.
En un movimiento brusco provocado por el quemazón del cigarro, Manu estira las dos piernas intentando quitarse de encima la colilla y al paso apretando el acelerador al máximo añadiéndole un plus a la peligrosidad del momento.
La maniobra provoca que el taxi se aleje unos metros del todoterreno de Gonzalo, a la vez que Carlos se ponga mucho más histérico al tener que tomar el control del volante, ya que su compañero está más preocupado de la integridad de sus partes nobles.
Migue le grita a Gonzalo que acelere, ya que los dos forasteros que han provocado el caos en su pueblo, los que les han robado sus armas de caza para posteriormente dispararles y que apunto han estado de matarles se están escapando. Éste obedece sin discutir.
Cuando el todoterreno vuelve a acercarse al taxi, en un nuevo espasmo Manu vuelve a estirar las piernas, pero en esta ocasión es el freno el que pisa a fondo, haciendo que el vehículo se pare en seco justo en la entrada de una curva muy cerrada.
En un acto reflejo, Gonzalo intenta esquivar el coche haciendo que su todoterreno se salga de la carretera y caiga por un escarpado barranco. A Carlos le parece escuchar a lo lejos la voz de Migue que parece entonar claramente “hijos de putaaaaaaaaa”.
Manu sale rápidamente del taxi gritando y saltando mientras se sacude la entrepierna y Carlos, que parece haber estado a punto de sufrir un ataque al corazón, se intenta recuperar del shock agarrado al salpicadero.
Cuando ambos se han calmado un poco, lejos de comentar lo ocurrido se preguntan que deben hacer a continuación. Está claro que han estado a punto de morir, pero parece que es una situación que no han dejado de experimentar desde hace ya bastantes horas, por lo que discutirlo parece más que absurdo.
Después de asomarse curiosos al barranco donde ha caído el todoterreno de Gonzalo y no descubrir síntomas de que haya sobrevivido ninguno de sus ocupantes, deciden finalmente que lo mejor es salir de aquel lugar lo antes posible por si alguien más les estuviese buscando y encontrar un nuevo vehículo antes de decidir el siguiente paso a dar. Mientras el coche circula a una velocidad excesivamente lenta, Carlos intenta iniciar una conversación para aliviar tensiones sin demasiado éxito.
- Tío, le has reventado la cabeza al pobre Juan.
- A ver que iba a hacer si no. – Contesta Manu resignado. – Además, no paras de reprocharme cosas. ¿Yo te he reprochado a ti algo?
- Si no te lo estoy echando en cara, solo lo digo por que era el último de nuestros colegas y si, me acabas de reprochar que te reprocho cosas
- Pues que te den por el ojete.
Al pasar cerca de un camino que se adentra en unos viñedos, el taxi se para sin previo aviso. Dada la tensión que han soportado, han olvidado por completo que el depósito se encontraba en reserva cuando salieron de la Alberca y cuando por fin el motor se ha parado no tardan en identificar el motivo.
- Uff. Menos mal que no nos ha dejado tirado antes. – Comenta Carlos aliviado. – Menudo cabreo llevaba el gañán ese.
- Si, menos mal. Bueno, mejor será que llenemos el depósito cuanto antes.
Manu vuelve a encenderse un cigarrillo y se apoya pensativo en uno de los lados del coche. Le parece ver algo a lo lejos, así que saca los prismáticos para ver de cerca de que se trata. Mientras, Carlos saca del asiento de atrás el bidón de combustible con el fin de llenar el depósito pero antes de que pueda empezar a hacerlo, Manu le llama con una voz bastante calmada.
- Ey, tío, mira eso.
- ¿Tiene que ser ahora? Podrías ayudarme con esto.
- Deja eso que esto es más importante.
Renegando, Carlos deja otra vez el bidón en el suelo y se acerca a Manu cuando éste da una larga calada a su cigarrillo.
- A ver, ¿Qué es eso tan importante?
- Mira.
Manu le da a Carlos los prismáticos y con un aire más que tranquilo señala hacia delante. Al girarse, Carlos ve una figura bastante lejos, dentro de uno de los viñedos. Al mirar por los prismáticos la figura parece ser una persona que anda desorientada y después de un instante lo identifica.
- ¿Pero ese no es el “notas” que iba a buscar nuestro coche? – Pregunta Carlos.
- “Efestiviwonder” – Contesta Manu, tras otra larga calada.
- Pues ahora es un zombie. ¿Cómo coño habrá llegado hasta aquí? Esto está lejísimos del pueblo.
- Pues no tengo ni idea. Supongo que fue él quien liberó a Juan y le daría un “bocao” en agradecimiento… lo que demuestra que la teoría de que los zombies acaban haciendo la misma rutina que cuando estaban vivos es una patraña.
- ¿Eing?
- Si tío, ya sabes. Lo normal es que, según esa teoría, este tío hubiese andado hacía el pueblo para ir a su casa y no hacía aquí.
Carlos se apoya en el coche al lado de Manu interesándose por esta última afirmación de su amigo.
- ¿Y de donde te has sacado esa teoría? – Le pregunta ya relajado.
- De la peli del Amanecer de los Muertos. Mmmm no. Bueno, si. En parte. De esa y de la Tierra de los Muertos.
- Si, bueno, en esa pintan a los zombies como inteligentes. No tiene ningún sentido. Menuda mierda de peli.
- Eh, un respeto, macho. Que estamos hablando de George A. Romero. En el fondo fue quien profetizó todo esto.
- Por eso mismo. Estamos hablando de un tío que gasta un “pastifal” en una peli en la que sale un zombie dando tiros. ¿O no has visto la de Zombie? Ya sabes, la de la base militar.
Antes de acabar la frase, Carlos vuelve a mirar por los prismáticos dándose cuenta que el Bundi se dirige hacia ellos, aunque no ha aumentado el paso. Simplemente ellos están en su dirección.
- ¿Te has dado cuenta que viene hacia aquí? – Pregunta Carlos.
- Siip.
- Pues tendríamos que pensar que hacer. ¿No?
- Tampoco importa mucho, está lejísimos.
Justo cuando acaba de hablar, Bundi parece notar la presencia de los jóvenes y sale corriendo en su dirección como un poseso. No tardan en darse cuenta que ya no se trata de aquel campesino tan amable que les ha estado defendiendo casi toda la noche y que ahora solo quiere hincarles el diente.
- Joder, Manu, ¿Qué hacemos? – Grita Carlos histérico.
- Big Boss… ya no se cuantas veces te lo he dicho… Big Boss.
- Joder, Big Boss, ¿Qué hacemos?
- No tengo ni puuuuuta idea. Creo que estamos bien jodidos.
Carlos no sabe si le da más miedo que un zombie famélico esté corriendo hacia ellos o la pasividad de su compañero, pero el caso es que no sabe tampoco como reaccionar. De repente recuerda la escopeta que ha dejado Manu en los asientos de atrás, así que la saca de allí y se queda de pie apuntando al Bundi.
- ¿Qué haces? – Pregunta Manu.
- ¿Como que qué hago? ¿No querrás que dispare ya? Me tendré que esperar a que llegue a nuestra altura.
- Me refiero a que haces con esa escopeta. No le queda munición.
- ¿Como? Pero si antes me has dicho… ¡Mierda! – Reniega Carlos tirando la escopeta al suelo.
- Anda, vamos a por la barra de hierro y cuando llegue le metemos un viaje.
Ambos se dirigen a la parte trasera del vehículo con el fin de abrir el maletero, pero al llegar no son capaces de hacerlo. Seguramente provocado por los golpes del todoterreno de Gonzalo la puerta del maletero está atascada y aunque lo intentan con todas sus fuerzas son incapaces de abrirla por lo que Carlos le propone a Manu llenar el depósito antes de que Bundi llegue a su altura.
- Eso no da tiempo. – Contesta Manu. – Hemos de pensar otra cosa… no se, no se. ¿Salimos corriendo?
- Una mierda tío, que los zombies no se cansan. Acabará pillándonos. Además, ¿Qué mierda de plan es ese?
Entre tanto Bundi cada vez está más cerca del coche mientras ellos siguen discutiendo soluciones cada vez más inverosímiles. Finalmente, se propone la peor o quizá la más absurda de las opciones.
- Metámonos en el coche y pensemos que hacer.
- ¿Cómo has dicho? – Contesta Manu sorprendido.
- Eso, que nos metamos en el coche y ya pensamos luego que hacer.
- Ese plan es otra puta mierda.
- ¿Otra puta mierda? Mira tío, me tienes hasta lo huevos. – Responde Carlos claramente enfadado. – Si no te gusta nada de lo que propongo, cuéntame que es lo que propones tú.
Bundi ya se encuentra bastante cerca del taxi y no tardará en alcanzarlos, así que finalmente y agarrando a Manu por un brazo Carlos hace que se meta en el taxi, haciendo lo propio detrás de él. Al llegar al coche, Bundi, que tiene desgarrada media cara, aporrea el taxi al tiempo que hace ademanes de morderles a través de la ventanilla, haciendo sonar sus dientes sobre el vidrio y dejándolo manchado con un reguero de sangre y una masa orgánica indefinida.
Al hecho de tener a un zombie intentando entrar en el coche se suma que el depósito del coche está vacío y el bidón de gasoil está en el suelo fuera del mismo.
Después de dar un par de vueltas alrededor del taxi intentando entrar a su interior, Bundi accede al vehículo por la ventanilla que Carlos ha roto en la persecución, quedándose en los asientos traseros e intentando acceder a la parte delantera para darse un festín.
- “Metámonos en el coche y pensemos que hacer”. ¡Que plan más fantástico! - Cometa Manu en tono irónico. – No se por que te hago caso.

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