Carroñeros. Cap 4. Fumar puede matar

•Noviembre 20, 2009 • 1 comentario

En la actualidad.

Manu y Carlos corren en ropa interior por la carretera de acceso a la Alberca del Palancar en dirección al taxi. Manu lleva un par de escopetas de cazador y Carlos el bidón de gasolina que, por las dificultades con que lo transporta, aparenta estar lleno. Sumado a su ya estrafalario aspecto, Carlos lleva además una boina ajustada a la cabeza.

-          Vamos, vamos. – Apremia Manu a Carlos que se está quedando retrasado.

-          Ya voy hostia, esto pesa un huevo.

A lo lejos y proveniente del interior del pueblo, se puede escuchar un gran alboroto acompañado por algún que otro grito.

Esta claro que en sus planes no estaba tener que salir corriendo de la Alberca, ya que de haberlo sabido quizá no hubiesen dejado el taxi tan lejos, cosa que hace que la carrera les parezca interminable. Al llegar finalmente al taxi, ambos se paran extenuados.

-          Joder, podríamos haber pillado el todoterreno del capullo ese. – Indica Manu entre jadeo y jadeo.

-          Si te hubieses esperado un poco en vez de echar a correr como un loco… – Contesta Carlos a duras penas.

-          ¿Pero has visto que agilidad tenía la vieja? Dios mío ¿Qué tendría? ¿Ochenta años? Además, tú también podrías haberte preocupado más por eso en vez de ir robando boinas.

-          Je, je… eso lo dices por que te da envidia.

Ambos se quedan un rato recuperándose de la carrera. Manu coge un paquete de tabaco de uno de los compartimentos de la puerta del copiloto y decide encenderse un cigarro mientras se sienta a descansar.

-          Si no son los putos zombies, será el tabaco quien acabe contigo. – Le recrimina Carlos.

No se han sorprendido demasiado al ver un todo terreno abandonado a la altura del taxi, ya que hace un rato el Migue les ha hecho un resumen en el bar de Pepito de lo acontecido esa noche amenizando la historia con una buena paliza.

Mientras Manu da largas caladas a su cigarrillo, discuten sobre como actuar y no les cuesta demasiado llegar a la conclusión que una vez resuelto el problema de tener a un zombie en el asiento de atrás del taxi, y en caso de poder recuperar todas aquellas cosas de valor que guardaba a sus pies, la mejor opción es cambiar de coche.

Esto le hace recordar algo a Manu y le indica a Carlos que eche un vistazo a la parte posterior del taxi para comprobar si el maletín sigue estando en su sitio.

-          Dios, que asco, eso está lleno de sangre y de cositas de… de algo. ¿Por qué no lo miras tú? Siempre tengo que hacer yo el trabajo sucio.

Enfadado, finalmente es Manu quien decide comprobar el interior de la parte trasera del taxi, mientras Carlos será el encargado de trasladar el contenido del maletero al todoterreno del Bundi.

Manu encuentra rápidamente un maletín de color negro, manchado parcialmente de sangre y con un grito de júbilo lo sostiene en alto, mostrándoselo a Carlos que acaba de cargar con una de las cajas de víveres. El grito se ahoga rápidamente dejando paso a una enorme expresión entre sorpresa y preocupación de Manu.

-          ¡Vuelve a dejar eso en el maletero y vámonos cagando leches! – Le grita a Carlos.

Lo que acaba de ver no es más que el todoterreno de Gonzalo, con el Migue de copiloto, que se dirige hacía ellos desde la salida del pueblo.

Al verlo, Carlos vuelve a dejar la caja en el maletero, lo cierra rápidamente y tira el bidón al asiento de atrás del taxi. Mientras, Manu se mueve rápido al asiento del conductor tras dejar una de las dos escopetas de caza y el maletín también en los asientos traseros. Enciende el motor y arranca justo cuando Carlos se sienta a su lado, apartando éste la escopeta que ha dejado su amigo allí.

Dejando atrás una enorme columna de polvo, el taxi de Barcelona sale rápidamente de donde estaba oculto dando media vuelta y se incorpora a la carretera comarcal abandonando el lugar todo lo rápido que puede. Justo cuando parece ganar velocidad, el todoterreno de Gonzalo les da caza y se inicia una persecución alocada por una carretera en unas condiciones no mucho mejores que las que pudiera tener un camino forestal.

-          ¡Joder, Manu, dale caña que estos nos matan! – Grita Carlos muy alterado.

-          ¿Y que coño crees que intento? Esto no tira más.

El todoterreno de Gonzalo da un par de golpes a la parte de atrás del taxi intentando provocar que se salga de la carretera. Carlos coge la escopeta que ha dejado Manu en su asiento y le pregunta cuantos cartuchos pueden quedar.

-          Yo que coño se. Supongo que dos.

Como si se tratase de una película de gangsters, Carlos asoma medio cuerpo por la ventanilla y apunta al todoterreno mientras Manu le pide que deje de hacer el tonto. Aun así, éste dispara reventando una de las ventanillas laterales del todoterreno y apunto está de caerse del coche por el retroceso del arma.

-          ¡Adiós! – Exclama Manu sorprendido. – Pero si les has dado. Apunta bien que solo te queda un cartucho.

El segundo disparo no corre la misma suerte y lo que salta por los aires es la ventanilla trasera del taxi. Fruto de la desesperación y de la tensión, Carlos lanza la escopeta a sus perseguidores con un sonoro “cabrones”.

-          ¿Cómo quieres que les de si te estás moviendo todo el rato? – Grita Carlos.

-          ¿Como cojones quieres que no me mueva?

-          ¿Dónde has dejado la otra escopeta?

-          Atrás.

-          ¡Cojonudo! Eres la hostia, Manu.

-          ¿Y que ibas a hacer? ¿Cargarte la otra ventanilla o reventarme a mí la cabeza? Y como me vuelvas a llamar Manu te parto la cara. Me llamo Big Boss.

La persecución se está tornando cada vez más peligrosa, ya que al añadido de tener que soportar golpes en la parte de atrás, la carretera se encuentra en unas condiciones pésimas y un descuido podría hacer que cayesen por uno de los precipicios con fatales consecuencias.

Ajeno a este peligro, Manu intenta deshacerse del cigarro abriendo la ventanilla y lanzándolo por ella con tan mala suerte que el viento hace que vuelva al interior del vehículo y le caiga en el asiento, concretamente en su entrepierna.

En un movimiento brusco provocado por el quemazón del cigarro, Manu estira las dos piernas intentando quitarse de encima la colilla y al paso apretando el acelerador al máximo añadiéndole un plus a la peligrosidad del momento.

La maniobra provoca que el taxi se aleje unos metros del todoterreno de Gonzalo, a la vez que Carlos se ponga mucho más histérico al tener que tomar el control del volante, ya que su compañero está más preocupado de la integridad de sus partes nobles.

Migue le grita a Gonzalo que acelere, ya que los dos forasteros que han provocado el caos en su pueblo, los que les han robado sus armas de caza para posteriormente dispararles y que apunto han estado de matarles se están escapando. Éste obedece sin discutir.

Cuando el todoterreno vuelve a acercarse al taxi, en un nuevo espasmo Manu vuelve a estirar las piernas, pero en esta ocasión es el freno el que pisa a fondo, haciendo que el vehículo se pare en seco justo en la entrada de una curva muy cerrada.

En un acto reflejo, Gonzalo intenta esquivar el coche haciendo que su todoterreno se salga de la carretera y caiga por un escarpado barranco. A Carlos le parece escuchar a lo lejos la voz de Migue que parece entonar claramente “hijos de putaaaaaaaaa”.

Manu sale rápidamente del taxi gritando y saltando mientras se sacude la entrepierna y Carlos, que parece haber estado a punto de sufrir un ataque al corazón, se intenta recuperar del shock agarrado al salpicadero.

Cuando ambos se han calmado un poco, lejos de comentar lo ocurrido se preguntan que deben hacer a continuación. Está claro que han estado a punto de morir, pero parece que es una situación que no han dejado de experimentar desde hace ya bastantes horas, por lo que discutirlo parece más que absurdo.

Después de asomarse curiosos al barranco donde ha caído el todoterreno de Gonzalo y no descubrir síntomas de que haya sobrevivido ninguno de sus ocupantes, deciden finalmente que lo mejor es salir de aquel lugar lo antes posible por si alguien más les estuviese buscando y encontrar un nuevo vehículo antes de decidir el siguiente paso a dar. Mientras el coche circula a una velocidad excesivamente lenta, Carlos intenta iniciar una conversación para aliviar tensiones sin demasiado éxito.

-          Tío, le has reventado la cabeza al pobre Juan.

-          A ver que iba a hacer si no. – Contesta Manu resignado. – Además, no paras de reprocharme cosas. ¿Yo te he reprochado a ti algo?

-          Si no te lo estoy echando en cara, solo lo digo por que era el último de nuestros colegas y si, me acabas de reprochar que te reprocho cosas

-          Pues que te den por el ojete.

Al pasar cerca de un camino que se adentra en unos viñedos, el taxi se para sin previo aviso. Dada la tensión que han soportado, han olvidado por completo que el depósito se encontraba en reserva cuando salieron de la Alberca y cuando por fin el motor se ha parado no tardan en identificar el motivo.

-          Uff. Menos mal que no nos ha dejado tirado antes. – Comenta Carlos aliviado. – Menudo cabreo llevaba el gañán ese.

-          Si, menos mal. Bueno, mejor será que llenemos el depósito cuanto antes.

Manu vuelve a encenderse un cigarrillo y se apoya pensativo en uno de los lados del coche. Le parece ver algo a lo lejos, así que saca los prismáticos para ver de cerca de que se trata. Mientras, Carlos saca del asiento de atrás el bidón de combustible con el fin de llenar el depósito pero antes de que pueda empezar a hacerlo, Manu le llama con una voz bastante calmada.

-          Ey, tío, mira eso.

-          ¿Tiene que ser ahora? Podrías ayudarme con esto.

-          Deja eso que esto es más importante.

Renegando, Carlos deja otra vez el bidón en el suelo y se acerca a Manu cuando éste da una larga calada a su cigarrillo.

-          A ver, ¿Qué es eso tan importante?

-          Mira.

Manu le da a Carlos los prismáticos y con un aire más que tranquilo señala hacia delante. Al girarse, Carlos ve una figura bastante lejos, dentro de uno de los viñedos. Al mirar por los prismáticos la figura parece ser una persona que anda desorientada y después de un instante lo identifica.

-          ¿Pero ese no es el “notas” que iba a buscar nuestro coche? – Pregunta Carlos.

-          “Efestiviwonder” – Contesta Manu, tras otra larga calada.

-          Pues ahora es un zombie. ¿Cómo coño habrá llegado hasta aquí? Esto está lejísimos del pueblo.

-          Pues no tengo ni idea. Supongo que fue él quien liberó a Juan y le daría un “bocao” en agradecimiento… lo que demuestra que la teoría de que los zombies acaban haciendo la misma rutina que cuando estaban vivos es una patraña.

-          ¿Eing?

-          Si tío, ya sabes. Lo normal es que, según esa teoría, este tío hubiese andado hacía el pueblo para ir a su casa y no hacía aquí.

Carlos se apoya en el coche al lado de Manu interesándose por esta última afirmación de su amigo.

-          ¿Y de donde te has sacado esa teoría? – Le pregunta ya relajado.

-          De la peli del Amanecer de los Muertos. Mmmm no. Bueno, si. En parte. De esa y de la Tierra de los Muertos.

-          Si, bueno, en esa pintan a los zombies como inteligentes. No tiene ningún sentido. Menuda mierda de peli.

-          Eh, un respeto, macho. Que estamos hablando de George A. Romero. En el fondo fue quien profetizó todo esto.

-          Por eso mismo. Estamos hablando de un tío que gasta un “pastifal” en una peli en la que sale un zombie dando tiros. ¿O no has visto la de Zombie? Ya sabes, la de la base militar.

Antes de acabar la frase, Carlos vuelve a mirar por los prismáticos dándose cuenta que el Bundi se dirige hacia ellos, aunque no ha aumentado el paso. Simplemente ellos están en su dirección.

-          ¿Te has dado cuenta que viene hacia aquí? – Pregunta Carlos.

-          Siip.

-          Pues tendríamos que pensar que hacer. ¿No?

-          Tampoco importa mucho, está lejísimos.

Justo cuando acaba de hablar, Bundi parece notar la presencia de los jóvenes y sale corriendo en su dirección como un poseso. No tardan en darse cuenta que ya no se trata de aquel campesino tan amable que les ha estado defendiendo casi toda la noche y que ahora solo quiere hincarles el diente.

-          Joder, Manu, ¿Qué hacemos? – Grita Carlos histérico.

-          Big Boss… ya no se cuantas veces te lo he dicho… Big Boss.

-          Joder, Big Boss, ¿Qué hacemos?

-          No tengo ni puuuuuta idea. Creo que estamos bien jodidos.

Carlos no sabe si le da más miedo que un zombie famélico esté corriendo hacia ellos o la pasividad de su compañero, pero el caso es que no sabe tampoco como reaccionar. De repente recuerda la escopeta que ha dejado Manu en los asientos de atrás, así que la saca de allí y se queda de pie apuntando al Bundi.

- ¿Qué haces? – Pregunta Manu.

- ¿Como que qué hago? ¿No querrás que dispare ya? Me tendré que esperar a que llegue a nuestra altura.

- Me refiero a que haces con esa escopeta. No le queda munición.

- ¿Como? Pero si antes me has dicho… ¡Mierda! – Reniega Carlos tirando la escopeta al suelo.

- Anda, vamos a por la barra de hierro y cuando llegue le metemos un viaje.

Ambos se dirigen a la parte trasera del vehículo con el fin de abrir el maletero, pero al llegar no son capaces de hacerlo. Seguramente provocado por los golpes del todoterreno de Gonzalo la puerta del maletero está atascada y aunque lo intentan con todas sus fuerzas son incapaces de abrirla por lo que Carlos le propone a Manu llenar el depósito antes de que Bundi llegue a su altura.

-          Eso no da tiempo. – Contesta Manu. – Hemos de pensar otra cosa… no se, no se. ¿Salimos corriendo?

-          Una mierda tío, que los zombies no se cansan. Acabará pillándonos. Además, ¿Qué mierda de plan es ese?

Entre tanto Bundi cada vez está más cerca del coche mientras ellos siguen discutiendo soluciones cada vez más inverosímiles. Finalmente, se propone la peor o quizá la más absurda de las opciones.

-          Metámonos en el coche y pensemos que hacer.

-          ¿Cómo has dicho? – Contesta Manu sorprendido.

-          Eso, que nos metamos en el coche y ya pensamos luego que hacer.

-          Ese plan es otra puta mierda.

-          ¿Otra puta mierda? Mira tío, me tienes hasta lo huevos. – Responde Carlos claramente enfadado. – Si no te gusta nada de lo que propongo, cuéntame que es lo que propones tú.

Bundi ya se encuentra bastante cerca del taxi y no tardará en alcanzarlos, así que finalmente y agarrando a Manu por un brazo Carlos hace que se meta en el taxi, haciendo lo propio detrás de él. Al llegar al coche, Bundi, que tiene desgarrada media cara, aporrea el taxi al tiempo que hace ademanes de morderles a través de la ventanilla, haciendo sonar sus dientes sobre el vidrio y dejándolo manchado con un reguero de sangre y una masa orgánica indefinida.

Al hecho de tener a un zombie intentando entrar en el coche se suma que el depósito del coche está vacío y el bidón de gasoil está en el suelo fuera del mismo.

Después de dar un par de vueltas alrededor del taxi intentando entrar a su interior, Bundi accede al vehículo por la ventanilla que Carlos ha roto en la persecución, quedándose en los asientos traseros e intentando acceder a la parte delantera para darse un festín.

-          “Metámonos en el coche y pensemos que hacer”. ¡Que plan más fantástico! -  Cometa Manu en tono irónico. – No se por que te hago caso.

Colt S.A.A.

•Noviembre 17, 2009 • Dejar un comentario

Abrió el tambor del Colt Single Action Army. Cogió una de las cinco balas e inclinando el revólver dejó caer el resto en el suelo.  El Colt Single Action Army, conocido como Peacemaker, es una popular arma de calibre .45 y con capacidad para seis balas. La sexta se encontraba ahora alojada en el interior de Johnny Rodríguez, dejando a su paso una espesa y cavernosa masa roja donde antes hubo un pene y testículos.

-          …Hija de puta… –  masculló Johnny mientras lloraba de impotencia.

“Clac”. Cerró el tambor del Colt una vez alojada la bala que iba a poner punto y final a la vida del señor Rodríguez. Se acercó a él, impasible y fría, hizo rodar el tambor y levantó su mano dejando el largo cañón a escasos centímetros de la descuidada boca del hombre.

-          Metete el cañón en la boca.

La respuesta tuvo forma de amarillento salivazo en uno de los preciosos ojos azules de la muchacha. La dentadura de Johnny no era para nada envidiable pero; aún lo fue menos después de que la bonita culata del Colt hiciese saltar por los aires sus siete dientes marrones. Empujó entonces el cañón contra los labios ensangrentados de Johnny, hundiéndolo hasta casi tocar la campanilla. Los ojos azules de la joven se posaron en los vidriosos ojos del cordero al que estaban a punto de ejecutar. Eran los ojos de un ángel, pero a Johnny le pareció que eran los del mismísimo Diablo.

“Clic”.

-          Vaya, parece que es tu día de suerte, perro.

Johnny intentó hablar. Seguramente no sería nada halagador para la chica, pero el frío revolver en el interior de su boca impedía entender nada de lo que decía. Después de escuchar dos “clics”  lo que no oyó fue el gran “bang” que desparramó sus ideas por todo el lugar.

Días antes, unos preciosos ojos azules se asomaban tristes por la ventana del tren. El árido desierto desfilaba detrás del cristal, tratando de llamar su atención sin éxito. Los pasajeros discutían exaltados sobre el reciente asesinato del presidente Lincoln pero la joven propietaria de aquellos dos diamantes azules, permanecía ajena a todo cuanto le rodeaba.

El tren llegó puntual a la estación de El Paso. La muchacha, descendió los tres peldaños que separaban el vagón del andén y tras vacilar un par de segundos, hizo pie en la vieja estación. Puso rumbo entonces a la cantina con paso ligero y con su Colt Single Action Army contoneándose en sus caderas. Una vez allí, preguntó a un niño donde podría conseguir un caballo. El niño se ruborizó ante la mirada de la preciosa joven y tras pedirle unas monedas, salió corriendo.  No tardó en volver junto a un esbelto caballo negro.

Al montar a caballo, su sombrero cayó al suelo, dejando al descubierto su pelo de oro.  El niño recogió el sombrero y se lo entregó a la joven amazona.  Tartamudeando y con las mejillas sonrosadas, el crío preguntó a la joven por su nombre y ésta después de guiñarle el ojo de una forma chulesca azuzó a su caballo y salió galopando a toda velocidad sin ofrecer respuesta.

Sólo en momentos como aquel se sentía viva. Galopando por caminos desolados y polvorientos con la cara llena de la tierra que traía el viento, con el corazón ardiendo en deseos de venganza. El siguiente en su lista era un tal Johnny Rodríguez. Mil dólares por su cabeza: vivo o muerto. Como si el dinero importase. Como si el pobre Johnny tuviese elección. Tras unos días de preguntando aquí y allá, no tardó en seguirle la pista.

Como cada noche, Johnny Rodríguez se dirigió a la cantina dispuesto a ahogar sus penas en alcohol, tratando de olvidar los horrores de la guerra en la que hacía un año había servido. Su lengua jugueteaba con uno de sus dientes marrones cuando sintió una fría y azul mirada procedente de la mesa en la que cada noche se sentaba en compañía de su fiel amigo Jack Daniel’s. Hacía falta valor para sostener una mirada tan cargada de emociones como aquella. Johnny la sostuvo, no sin dificultad, mientras se acercaba lentamente a la mesa.  Tanta tensión había en aquel cruce de miradas, que Johnny no vio a una novata camarera y chocó con ella, tirando toda la bebida que la pobre chica cargaba. “Lo siento, lo siento”. “No se preocupen, paga aquella chica de los ojos azules y además les invita a otra ronda”. Johnny se dirigió rápidamente a la mesa, esta vez  sin tanta solemnidad.

-          Hola preciosa, ¿Por qué me miras así? ¿Quieres que te eche un polvo?

Quizá Johnny no le había reconocido. Hacia un tiempo, cuando todo aquello de cazar forajidos resultaba absolutamente remoto,  ella vivía de forma humilde con su hija. El padre de la pequeña, su marido, había desaparecido en la guerra defendiendo el bando Confederado. Pese a las dificultades económicas, podría decirse que ella y la niña vivían felizmente. Pero hubo una noche en la que todo cambió. Cuatro soldados confederados asaltaron su hogar dispuestos a pasárselo bien. Llevaban el uniforme reglamentario, pero tapaban sus rostros con un pañuelo; cada uno de un color.

-          “Me toca a mi montar a esta zorrita, señor número 2”.

-          “¿Te está gustando, verdad guarra?”.

Lágrimas de impotencia brotaron de sus ojos azules aquella noche, los mismos ojos que miraban con asco a la sucia y asquerosa sonrisa de Johnny. Repugnantes gotas de saliva, salieron disparadas de aquella boca de dientes marrones al insistir en la pregunta.

Realmente, que Johnny Rodríguez fuese participe de aquella fatídica noche no era importante. Tal vez fue él el que, después de violarla, propuso aquel divertido juego: una bala y dos objetivos, madre e hija.  Tal vez fue él el que reía con cada “clic”. Tal vez fue él el que al apretar el gatillo, salpicó aquellos ojos azules de la sangre roja de su hija. Tal vez él se encontraba a miles de millas de distancia del suceso aquella noche. O tal vez no. Poco importaba en aquél momento.  Johnny Rodríguez iba a pagar por lo que ocurrió aquella noche. Fuese o no fuese culpable.

Apretó el gatillo del revólver por debajo de la mesa. Después de tantas veces su puntería era inmejorable. Johnny, incrédulo, se llevó sus manos a lo que quedaba de sus partes. Ella se puso en pie, dispuesta una vez más a concluir su venganza. Abrió el tambor del Colt Single Action Army. Cogió una de las cinco balas e inclinando el revólver dejó caer el resto en el suelo. El Colt Single Action Army, conocido como Peacemaker , es una popular arma de calibre .45 y con capacidad para seis balas. La sexta se encontraba ahora alojada en el interior de Willy Smith, dejando a su paso una espesa y cavernosa masa roja donde antes hubo un pene y testículos.

-          …Maldita perra… –  masculló Willy mientras lloraba de impotencia.

Carroñeros. Cap 3. Juan

•Noviembre 13, 2009 • 1 comentario

24 horas antes.

Un taxi de Barcelona, con sus colores negro y oro característicos, circulaba por una perdida carretera comarcal. Al volante se encontraba Carlos y en el asiento del copiloto estaba Manu echando una cabezadita. Hacía ya cuatro días que viajaban, alejados de autopistas y carreteras principales. Precisamente ese plan era el que los había mantenido con vida hasta entonces. Los altavoces del coche escupían una curiosa versión del Ring of Fire de Johnny Cash interpretada por Dick Dale, el rey de la guitarra surf.

-         Psssst. Manu… ¡despierta!.

-         Dos minutos.

-         Psssssssssst. ¡Manu! Cambia el CD, por favor.

Manu abrió los ojos y se incorporó tranquilamente. Apretó el botón de extracción del reproductor y sacó el disco del interior agarrándolo con cuidado de no rallarlo. Abrió la guantera y sacó la carátula. La abrió con mimo, colocó el CD y lo giró suavemente para dejar el titulo en lo que el consideró la posición correcta. Abrió la ventanilla y lo arrojó con furia, haciendo que éste cayese precipicio abajo.

-            ¿Pero qué coño haces? -exclamó Carlos sorprendido.

-            Mira que me gustaba Dick Dale, eh. ¡Pero es que me tenéis ya hasta los huevos tú y él con la puta guitarra surf de los cojones!

-            Joder, era mi CD favorito. Era el Unknown Territory. Es superdifícil de conseguir.

Manu se limitó a contestar con un “no seas histérico, ya lo volveremos a conseguir” y cambió rápidamente de conversación.

-            ¿Cómo va por ahí atrás?

-            Jodido ¿cómo quieres que esté?

En el asiento de atrás, tras la mampara de seguridad para clientes indeseados, se encontraba Juan con cara de pocos amigos. Mirando pensativo por la ventanilla, contemplaba el paisaje que ofrecía aquella estrecha carretera sinuosa entre montañas escarpadas, donde difícilmente podría circular más de un coche al mismo tiempo. Juan hacía ya un par de días que se encontraba, por decirlo de alguna manera, recluido en el asiento de atrás del taxi. Desde el incidente Nordin, toda precaución era poca y, después de su encontronazo con un infectado, decidieron por mayoría absoluta que debería pasar unos cuantos días en cuarentena. Ni que decir tiene que el recuento de la votación acabó dos a uno muy a pesar de Juan, quien maldijo los sistemas democráticos.

-            Ya estoy cansado de deciros que los arañazos no son del puto infectado. – protestó Juan desde el asiento de atrás.

-            Zombie, macho, zombie, a ver si hablamos con propiedad. – le corrigió Carlos.

-            No sabes lo que son. Así que yo les llamo como me da la gana.

-            Te muerden y al cabo de un tiempo te vuelves violento, loco y caníbal como ellos. – intervino Manu – Es verdad que no hemos visto resucitar a ninguno todavía, pero creo que solo con eso es suficiente para que, por lo menos entre nosotros, los llamemos “zombies”. ¿No crees? Y si no, cuando te conviertas en uno nos lo cuentas.

Juan estaba convencido de que las pequeñas heridas en su brazo izquierdo eran fruto de la caída en el forcejeo con el guardia de seguridad infectado que le atacó y estaba absolutamente seguro de que ni le había mordido ni le había arañado. De todos modos, desde hacía unas cuantas horas había empezado a encontrarse mal, quizá porque siempre había sido un poco hipocondriaco o quizá porque, al no haberse curado bien, las heridas podían haberse infectado. Fuese por lo que fuese se encontraba terriblemente cansado y sentía un curioso hormigueo en sus extremidades. Esto último también podía ser provocado por llevar ya casi dos días en un cubículo tan pequeño. A todo esto se le sumaba que su aspecto era cada vez más deplorable, aunque tampoco distase mucho del de sus dos compañeros. Hacía días que no dormían en condiciones y el concepto de tomar una ducha les quedaba bastante lejos en el tiempo.

-            ¿Falta mucho para llegar a la próxima gasolinera? – prosiguió Juan, sin prestar atención al comentario de Manu- Tengo hambre y estoy harto de fabada en conserva.

-            Cabrón, deja de mirarme la cabeza. – exclamó Carlos – Mi cerebro no está en venta.

Manu y Carlos se rieron a carcajada limpia por el comentario durante largo rato, probablemente más como fruto del cansancio que de la genialidad del chiste. Juan se limitó a mandarlos a la mierda y a mirar por la ventanilla. Cuando Manu consiguió parar de reír, se secó las lágrimas, hizo pedir perdón a Carlos y le dijo a Juan que, según el GPS, aun faltaban unos 30 km hasta la siguiente gasolinera donde además podrían conseguir comida.

La situación no era todavía desesperada pero les quedaba menos de un cuarto de depósito y un bidón de gasoil medio lleno. Empezaba a ser urgente el conseguir combustible. En las dos últimas gasolineras les había sido imposible y solo con pensar que en la próxima ocurriera lo mismo se les hacía un nudo en el estómago. Además, el tema de los víveres no andaba mucho mejor.

-            Ya sólo quedan cuatro latas de fabada y un par de las de sardinas. – Insistía Juan.

-            Te dije que debíamos haber hecho lo que ponía en meloncorp. Si en vez de tu puta manía de ir en coche nos hubiésemos hecho con una embarcación, ahora no tendríamos ese problema. Pescaríamos algo y en paz. – comentó Carlos dirigiéndose a Manu.

-            Te he dicho mil veces que no todo lo que pone en meloncorp está bien.

-            Ya, claro, y tu sabes lo que está bien y lo que no.

Manu, zanjó la absurda discusión al señalar un punto a lo lejos en la carretera. Le indicó a Carlos que redujese la velocidad, cogió algo de la guantera y advirtió a los otros dos que estuvieran alerta. Un todoterreno azul se podía ver atravesado en medio de la carretera y hacía imposible el paso. Cuando Carlos se dio cuenta de esto detuvo el taxi por completo a unos setenta metros.

-            Ahora vamos a estar atentos. Carlos, abre el seguro de Juan. -exclamo Manu.

Juan sacó de sus pies un gran machete y lo empuñó con fuerza. Carlos hizo lo propio con un cuchillo de cazador y Manu amartilló la Beretta del guardia de seguridad que atacó dos días antes a Juan mientras exclamaba “vaya mierda, ya sólo queda una bala”.

-            ¿Creéis que está abandonado? – preguntó Juan después de un rato sin ver movimiento.

Antes de que nadie pudiera responder a la pregunta, un hombre de unos cuarenta años salió muy despacio del todoterreno con las manos en alto en señal de paz y empezó a andar lentamente hacia el taxi.

-            No me jodas, tío. – exclamó Carlos.

Manu pidió a Carlos que saliese con él del coche y le indicó a Juan que permaneciese alerta. Al salir del coche, Manu le gritó al hombre que se detuviese cuando estaba a unos cuarenta metros, apuntándole con la automática.

-            Señor, tenemos que pasar por donde está su todoterreno, así que será mejor que lo aparte del camino.

-            Lo siento chicos, pero nos hemos quedado sin gasolina. ¿Nos podríais prestar un poco para poder llegar al siguiente pueblo?

Después de hablar en voz baja durante un instante, Carlos le indicó al hombre que no podían ayudarle y que si no quería tener problemas lo mejor era que se apartara del camino y les dejase pasar. Aun así, el hombre siguió insistiendo y les contó que viajaba con su mujer y su hija de seis años.

-            Para el carro tío. Mi madre intentó comerse mi pie, así que deja el puto chantaje emocional que aquí todos estamos jodidos. – le contestó Manu – Aquí no se regala nada, si quieres gasolina, danos algo de valor a cambio.

-            ¿Algo de valor? Tenemos 740 euros.

-            Eso ya no sirve de nada. ¿Tienen algo de oro? ¿Joyas?

La cara del hombre al escuchar esto último se desencajó por completo y comenzó a insultarlos con lágrimas en los ojos. Desesperado, se dispuso a abalanzarse sobre ellos, pero un disparo al aire de Manu hizo que se detuviera.

-         Déjate de gilipolleces. La próxima vez no dispararé al aire.

El hombre se recompuso y les ofreció su anillo de casado y el de su esposa. Finalmente el trato fue un litro y medio de gasoil, lo que cabía en una botella de agua que llevaban en el todoterreno, por las dos alianzas y los 740 euros. “No tienen nada de valor, pero nos los quedamos” comentó Carlos mientras contaba los billetes.. Con eso la familia no podría llegar muy lejos, pero fue todo lo que el hombre les pudo sacar después de suplicarles repetidas veces.

Manu no dejó un instante de apuntar desde la ventanilla del taxi al todoterreno cuando éste se apartó del camino para dejarles pasar. No le importó demasiado los insultos y el desprecio que le mostró el padre de familia al pasar por su lado, ni tampoco sintió lástima al ver a su mujer y a su hija. La pequeña mostraba claros síntomas de estar infectada y por sus cálculos pensó que no tardaría demasiado en arrancar la cara a su madre de un bocado.

-            Hemos desperdiciado un litro y medio de gasoil y la única bala que nos quedaba. Estos tres ya están muertos. – comentó Manu cuando ya se alejaban del todoterreno.

-            Sé que hemos hecho lo correcto, pero no acabo de acostumbrarme. – contestó Juan.

-            Tío, se trata de sobrevivir. A mí también se me pone mal cuerpo pero es lo que hay. – le replicó Carlos dando unos golpecitos al volante.

Al margen del ruido del motor, ningún otro sonido alteró el silencio durante los siguientes quince o veinte kilómetros; los que tuvieron que recorrer hasta la siguiente gasolinera marcada en el GPS. Se pararon a unos cien metros para poder inspeccionarla desde lejos con unos prismáticos.
Ésta era la táctica habitual que estaban siguiendo desde hacía días: Divisar el objetivo desde lejos y entrar en caso de no ver peligro.
Después de haberse cruzado con el todoterreno, sus esperanzas de encontrar algo de combustible se habían esfumado. Estaba claro que aquella familia ya habría pasado antes por allí y habrían intentado llenar el depósito obviamente sin resultados.

Algo que les daba mucha rabia era tener que dejar atrás gasolineras que tenían los tanques llenos de combustible. Al no haber suministro eléctrico, las bombas de los surtidores no funcionaban, con lo que era imposible sacar ni una sola gota. Su única posibilidad era encontrar las llaves de los tanques, cosa que no habían conseguido en sus anteriores intentos, por lo que habían tenido que proveerse del gasoil de los coches abandonados que habían ido encontrando por el camino.

Finalmente y al no ver ninguna actividad decidieron acercarse hasta la gasolinera. Juan cada vez se mostraba más cansado y pidió salir a estirar las piernas, pero ni Carlos ni Manu accedieron a la petición.

-            Tío, espera que volvamos y nos aseguremos de que no hay nadie. Luego ya saldrás. – le indicó Carlos.

-            Te veo muy agobiado. Mira, parece que esta gasolinera tiene un pequeño súper. ¿Quieres algo en especial si es que no lo han saqueado ya? – preguntó Manu.

-            Me da igual. Cualquier cosa menos fabada, por favor. Aunque la verdad es que me apetece mucho un Kit Kat.

Carlos y Manu salieron del taxi con cuidado. Uno con su cuchillo y el otro con una barra de hierro sacada del maletero del coche. Con mucha precaución inspeccionaron los alrededores de la gasolinera. Buscaron algún bidón, botella o cualquier cosa que pudiese contener gasolina sin éxito alguno. Evidentemente, tampoco había ningún coche cerca. Eso les tranquilizaba en parte ya que también significaba que en caso de encontrar zombies no habría más de los necesarios, pues el pueblo más cercano estaba a unos cinco kilómetros.

Cuando entraron en el establecimiento, comprobaron que efectivamente estaba vacío. Alguien había estado allí antes, pues la puerta estaba rota y faltaba bastante comida, pero ni rastro de ningún zombie. Se relajaron un poco y comenzaron a hablar entre ellos. Carlos se ocuparía de recoger víveres y agua, mientras Manu intentaría encontrar las llaves de los tanques aunque sin demasiadas esperanzas.

-            Tío, yo creo que Juan está infectado. Me parece una hijoputada porque es nuestro colega y todo eso, pero lo veo muy chungo. – comentó Carlos mientras llenaba una caja de cartón con botellas de agua.

-            Ya, yo también lo veo mal. Pero ya sabes, es nuestro colega, así que no podemos hacer otra cosa que esperar que no sea nada.

-            Si, ya lo sé. Espero que al menos, si se acaba convirtiendo en un zombie, el cristal de seguridad aguante o estaremos jodidos.

Carlos había llenado un par de cajas con agua y latas de conservas de todo tipo. También se preocupó de cargar con barritas de chocolate y paquetes de frutos secos, ya que su valor energético les podría salvar cuando escaseasen los lugares donde abastecerse. Cuando creyó que ya estaba listo se dirigió a Manu.

-            Hey, Manu. ¿Hemos tenido suerte?

Manu hacía ya rato que buscaba alguna caja con llaves sin ningún éxito, blasfemando en todo momento y dando golpes muy enfadado. Lo único que había conseguido era abrir la caja registradora a golpes, encontrando algo menos de 400 euros. Muy alterado contestó a Carlos.

-            ¿Tú qué crees? Esto es una mierda. Seguro que los tanques están llenos pero no podemos sacar una puta gota.

-            Tranquilo, Manu.

-            ¿Cómo quieres que me tranquilice? ¿Cuantos kilómetros crees que podemos recorrer con lo que nos queda? Además, te recuerdo que ahora me llamo “Big Boss”.

-            Vale, vale. Volvamos al coche y pensemos un plan.

Dejaron en el maletero las cajas con los víveres y el agua, se subieron al coche y abandonaron el lugar. Esta vez conducía Manu.

Después de cinco kilómetros entraron en un camino de tierra que rodeaba un pueblo y se detuvieron. Carlos sacó los prismáticos de la guantera, y tras indicar a Manu que por su madre no apagase el motor, salió del coche. Tras echar un vistazo a la pequeña población, no tardó demasiado en entrar de nuevo y con un “vámonos cagando leches” prosiguieron su viaje. Carlos sacó la guía de carreteras.

-            Bueno, lo que tenemos claro es que la táctica de ir de gasolinera en gasolinera no nos está funcionando, así que tendremos que pensar en otra estrategia. – empezó a decir Carlos.

-            ¿Qué propones entonces? ¿Ir en patinete?

-            No, joder. Mira, se me ha ocurrido algo.

Carlos señaló varios puntos en el mapa, pero Manu no parecía entender. Le explicó que todos esos puntos eran poblaciones muy pequeñas, de muy pocos habitantes.

-            Creo que teníamos claro que no íbamos a entrar en ningún pueblo. Eso es demasiado peligroso. – le reprochó Manu.

-            Sí, lo tengo claro, pero no me refiero a entrar en los pueblos. Piensa que muchos de estos pueblos viven de pequeñas granjas de cerdos, pollos, etc… Mi idea sería entrar en esas granjas.

-            Tú también te has cansado de comer fabada ¿verdad “Coronel Kurtz”?

-            No es eso, “Big Boss” – le contestó en tono irónico y riéndose, lo que hacía presagiar que había descubierto un plan sublime – Estas granjas suelen tener grupos electrógenos, ya que la red eléctrica no suele llegar a ellas. ¿Adivinas con qué combustible funcionan?

-            Njkaaaaa – respondió Manu, dando a entender que a él también le parecía un gran plan.

Ambos se alegraron mucho, ya que pensaron que habían resuelto su mayor problema, así que Manu le pidió a Carlos que pusiese uno de sus CDs recopilatorios para celebrarlo. Escucharon y cantaron La mano de Dios de Rodrigo y recordaron viejos tiempos.

Cuando ya hacia un rato que habían abandonado el pueblo, Carlos recordó algo. Sacó un Kit Kat del bolsillo de su chaqueta y se giró para dárselo a Juan a través del hueco reservado a los clientes del taxi para que éstos puedan pagar.

-            Juan, tío, se me olvidaba tu Kit Kat.

Juan parecía haberse dormido, así que Carlos golpeó el metraquilato para que despertase, ansioso por contarle su plan magistral.

Después de varios golpes y cuando finalmente Juan abrió los ojos, ya no era el colega que ellos conocían. Con los ojos inyectados en sangre se abalanzó sobre el cristal, lo que hizo que Carlos se asustase de tal manera que acabó sentado en el salpicadero del taxi gritando. Manu, del susto, dio un volantazo e hizo que el coche se saliese de la carretera, entrando en una parcela que, afortunadamente, no tenía nada plantado y, como no hacía mucho que lo habían labrado, la tierra hizo que el coche se parase.

Los dos salieron del coche todo lo rápido que pudieron y terriblemente asustados. Juan siguió dando golpes al metraquilato y a las ventanillas del coche de manera muy violenta, tanto que incluso sus manos empezaron a sangrar.

-            ¡Mierda! – exclamó Manu – Joder, como rompa la ventanilla estamos jodidos.

-            ¿Y ahora qué hacemos? No podemos conducir con Juan intentando comernos ahí atrás.

-            ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! – repetía Manu sin cesar, con las manos en la cabeza y andando en círculo.

Después de un rato intentando calmarse para pensar con la cabeza fría trataron de buscar la solución. El problema principal era que Juan había accedido a recluirse en cuarentena siempre y cuando tuviese algún tipo de garantía de que no lo iban a abandonar. Y precisamente eso era lo que más les preocupaba ahora mismo: la “garantía” que custodiaba ahora la versión zombie de su antiguo amigo Juan.

A Manu se le ocurrió una idea. Consistía en, con alguien ya al volante, abrir la puerta trasera de detrás de la del conductor y correr hacía el asiento del copiloto. Al abrir la puerta, Juan atacaría por lo que habría que ser más rápido que él, entrar por la puerta del copiloto rodeando el coche y, obviamente, salir a toda velocidad de allí mientras se despedían de Juan a través del retrovisor. La idea no gustó nada a Carlos.

-            Y una mierda. Demasiado arriesgado. ¿Y si me asusto y arranco antes de tiempo? ¿Y si se me cala el coche? ¿Y si tropiezas? – protestó Carlos.

-            ¿Pero quién te ha dicho que eras tu el que esperaba al volante?

-            ¡Una mierda! Yo no abro la puerta.

-            Pues piensa otro plan porque yo tampoco.

A Carlos se le ocurrió un plan un poco más elaborado que el de Manu: una de las cosas en las que siempre había insistido era en llevar encima cuerda, ya que creía que podría ser útil en muchas situaciones. Procuró recordárselo a su amigo y mostrarle que esa era una de las situaciones a las que se refería, mientras ataba uno de los extremos de una larga cuerda de escalada, haciendo un nudo corredizo. El plan consistía en dejar el coche arrancado en la carretera justo al lado de un almendro que se veía desde su posición y después de unir fuertemente uno de los lados de la cuerda al árbol; bajar lo justo la ventanilla trasera más próxima al mismo y tras atar el nudo corredizo a la mano de su amigo zombie, arrancar el coche mientras se despedían de Juan a través del retrovisor cuando éste saliese suavemente por la ventanilla.

-            ¿Qué te parece?

-            Me parece una mierda. Pero tú le atas la mano.

Y allí estaban. Manu al volante sudando de los nervios, Juan tratando de hincarle el diente detrás de la mampara protectora y Carlos esperando fuera con la cuerda en la mano tratando de mantener la calma sin éxito.

La ventanilla trasera que daba al almendro comenzó a bajar. Carlos tragó saliva y se acercó a la ventanilla. Tal y como había previsto, Juan intento agarrarle, sacando su brazo derecho. Con un sonoro “mecagoenlaputa” aprovechó el momento para atarle el otro lado de la cuerda, donde había hecho el nudo corredizo.

Todo parecía que había funcionado perfectamente. Carlos volvió a su asiento a toda prisa y Manu bajo del todo la ventanilla. Ya únicamente les quedaba arrancar para que la cuerda tirase de Juan y lo sacase del taxi, dejando tristemente así a su amigo atado al almendro.

El plan no parecía tener fisura alguna, pero cuando Manu arrancó el coche y la cuerda tiró de Juan, únicamente fue el brazo derecho el que salió despedido del coche por la ventanilla, después de haberse tronchado de su tronco.

Mientras Manu no paraba de gritar un “¿este era tu puto plan?” y Carlos un “has arrancado demasiado rápido”, un torrente de sangre procedente de Juan manchaba la parte de atrás del taxi dejándolo todo perdido. La situación no había hecho otra cosa que empeorar.

Viajaban ahora con el volumen de la música altísimo y tratando de no mirar atrás. Pocos kilómetros separaban al taxi de Barcelona de la Alberca del Palancar, el primer punto estratégico del nuevo plan de acción de Manu y Carlos, por lo que decidieron dar un vistazo antes de acercarse más. Al estar en una planicie más baja que la carretera comarcal que daba acceso a la población, no tuvieron problemas en divisar el pueblo con sus prismáticos desde aquella distancia. Su sorpresa fue mayúscula cuando comprobaron que el movimiento en el pueblo era del todo normal. Pudieron ver como algún coche se movía por la zona urbana, como alguna mujer estaba sentada a las puertas de su casa e incluso se veía algún tractor labrando más a lo lejos. Todo eso no era lo que esperaban.

Decidieron que el plan de asaltar granjas no iba a ser posible en ese lugar, ya que no es lo mismo enfrentarse con un zombie que hacerlo con un fornido ganadero que defiende su granja, así que tuvieron que improvisar un plan.

-            Tío, ¿Qué le vamos a contar a esta gente? ¿Y si creen que estamos infectados? – preguntó Carlos.

-            Pues no les vamos a contar una mierda. Diremos que nos ha dejado tirado el coche, les compraremos gasoil y nos piraremos al siguiente pueblo.

-            ¿Y si nos preguntan qué hacemos por aquí?

-            “Y si”, “y si”. No te preocupes tanto por todo, hombre. Tenemos un montón de pasta. En menos de veinte minutos hemos salido de ese pueblo. Tú déjame hablar a mí y ya verás.

Hacía ya unos kilómetros que habían vaciado en el depósito del coche lo que les quedaba en el bidón de repuesto, así que cargaron con él y fueron andando hacía el pueblo con la intención de comprar gasoil dejando cualquier tipo de arma en el taxi.

Escondieron el coche en un lado de la carretera y convinieron que era mejor decir que se habían quedado tirados unos kilómetros más atrás. Ellos ya habían aceptado el hecho de viajar con un zombie histérico en la parte trasera del coche hasta saber cómo deshacerse de él,  pero no les pareció apropiado dejar aquello al descubierto ni dar ningún tipo de explicaciones sobre ese tema. Sobre todo cuando este zombie, su amigo Juan, guardaba un maletín con algo tan valioso a sus pies.

La conocí en una boda

•Noviembre 9, 2009 • Dejar un comentario

Mi nombre es Ricardo Izquierdo Pérez, pero me puedes llamar Riki. Te contaré lo que me ocurrió hace casi un año en la boda de Jorge, un buen amigo de la infancia.

La ceremonia comenzó la mañana de un sábado a las doce, en la iglesia del pueblo de Rosa, la novia de mi amigo. He de decir que jamás antes había estado en aquel pueblo, que jamás había visto a Rosa y que hacía más de cinco años que no sabía nada de Jorge.

Me llamó al móvil más o menos un mes antes de la boda para comunicarme el enlace, al cual no tenía ninguna intención de acudir. Hacía demasiado tiempo que habíamos perdido el contacto. Como comprenderás, si a eso le sumas que me avisó con tan poco tiempo, tenía la excusa perfecta para no asistir. Aun así, y después de tocarme la fibra sensible recordando momentos de la infancia, sin estar del todo convencido decidí aceptar.

Pues bien, ahí estaba yo, en un pueblo perdido en la sierra de Madrid, del que jamás había escuchado antes el nombre, en la puerta de una iglesia y rodeado de gente a la cual no había visto en mi vida. He de decir que aunque no soy un chico excesivamente extrovertido, no me cuesta demasiado entablar conversación con personas desconocidas, así que decidí charlar con una chica que, he de reconocer, me pareció muy atractiva y parecía que como yo, acudía sola a la boda.

Su nombre es Silvia y desde el primer momento me enamoré de ella. Jamás imaginé que pudiese llegar a agradecer a Jorge el que me invitase a su boda. Aunque el insinuante escote en su atrevido vestido azul, sus largas piernas, su precioso pelo moreno y su esbelto cuerpo fueron una tremenda carta de presentación, fue su increíble personalidad la que me acabó cautivando.

La boda trascurrió como lo hace cualquier boda. Los novios dijeron el “si quiero”, la madre de la novia lloró durante toda la ceremonia, un tío del novio bailó medio borracho con la novia. Ya sabes, lo típico.

Ajenos a todo esto estábamos Silvia y yo. Casualmente nos sentábamos en la misma mesa. Aunque bueno, tampoco era de extrañar, ya que la nuestra era la mesa catalogada como “la de los amigos solteros”, cosa que me permitió pensar y finalmente comprobar que tenía el camino libre.

Hablamos de todo un poco, de nuestros trabajos, de nuestras vidas y de nuestras aficiones. En este último punto, pude comprobar que teníamos mucho en común. Desde pequeño mis amigos siempre me han llamado “el siniestro” y no les falta motivos para ello. No es que sea un seguidor acérrimo de Robert Smith, si no que me apasiona todo lo relacionado con lo oculto, sucesos paranormales, el misterio de la muerte, películas de terror, etc.

Silvia es médico. Concretamente es médico forense y le encanta su trabajo. Hace ya algún tiempo que vivimos juntos y desde el primer día tenía fantasías en las que ella se llevaba el trabajo a casa, en las que al abrir la nevera encontraba restos de alguno de sus pacientes. Evidentemente solo eran eso, fantasías.

No pienses que soy un enfermo. Al menos yo no pienso que sea así. Siempre he tenido muy claro donde acaba la ficción y empieza lo real, y las fantasías son precisamente eso, fantasías. De todos modos, con Silvia las fantasías se entrelazan muy fácilmente con la realidad.

Verás, hace un par de meses me dejó visitarla en el hospital donde trabaja. Era de noche y ella tenía guardia. Esa noche decidimos hacer realidad una de sus fantasías y que a mí me pareció genial. Hicimos el amor rodeados de cadáveres.

No me mires así. Sé que estás pensando. “Y aun dice que no está enfermo”. Pero piénsalo, ¿A quién le puede haber molestado si están todos muertos? ¿A sus familias quizá? Es posible, pero a ellos seguro que no. Además, estoy seguro que muchas veces has fantaseado con hacerlo en tu lugar de trabajo. En tu oficina. Encima de la mesa de ese jefe cabrón que siempre te está puteando. Y quizá, viendo tu expresión, es muy posible que lo hayas hecho realidad.

Si aun así no te he convencido y todo esto te ha podido escandalizar, lo siguiente que te voy a contar seguro que lo hace aun más. Después de hacer el amor, me dejó ayudarla en su trabajo. Me enseño como se disecciona un cadáver y como se le extraen los órganos para ser investigados y así determinar la causa o causas de la muerte. El siguiente cadáver, una chica de veintiún años muerta en un accidente de moto, fue diseccionado con mis propias manos bajo la atenta mirada de Silvia.

Ya, ya lo sé, esto último ya es algo completamente ilegal, pero de todos modos, ¿Cuánta gente conoces que esté trabajando en negro y cobrando el paro al mismo tiempo? ¿Y la gente que finge una minusvalía y cobran pagas del estado? ¿Y los que engañan al seguro? No seas hipócrita. Aunque te pueda parecer tremendamente inmoral, en el fondo lo único que hice fue ayudar a mi novia en su trabajo. Esa chica iba a ser diseccionada de todos modos, y créeme, no lo hice nada mal.

De todos modos, he de reconocer que últimamente las cosas se nos pueden estar escapando de las manos. Supongo que tú también habrás pasado por ello. En algún momento es posible que hayas experimentado que las cosas escapan a tu control al estar enamorado. La pasión muchas veces hace que no pienses en las consecuencias de tus actos y pierdas la noción de donde está el límite de las cosas. ¿Sabes a que me refiero, no? ¿Nunca te han pillado haciéndolo en un lugar público?

Hasta hace poco habíamos estado jugando únicamente con el concepto de la muerte. Además de la sala de autopsias, el cementerio cercano a mi casa había sido testigo de nuestros juegos pasionales, pero siempre relacionados con la muerte, o mejor dicho, con seres desprovistos de la vida. Últimamente nuestra obsesión ha cambiado un poco y nos hemos empezado a centrar en el tránsito de la vida a la muerte. Desde entonces nuestras fantasías se han estado encaminando hacía el momento exacto de la perdida de la vida y queríamos ser testigos directos de ello.

Al principio nos conformamos con paseos nocturnos por la UCI del hospital donde trabaja Silvia, pero como podrás imaginar al cabo de poco tiempo eso dejo de ser suficiente.

A estas alturas sé lo que estarás pensando. Seguro que piensas que esto no es más que la confesión de un puto psicópata asesino demente que te está dando el coñazo por que intenta convencerte de que no es mala persona. Nada más lejos de la realidad. Silvia y yo no somos asesinos. Nunca antes hemos hecho esto y obviamente nunca más lo vamos a volver a hacer. Únicamente somos seres tremendamente curiosos, pero seguimos teniendo claro donde empieza la fantasía y donde acaba la realidad… ¿o era al revés?

Da igual, sea como sea, tú has sido el elegido para compartir nuestra fantasía. Silvia está tras esa puerta, preparando su material quirúrgico.

No te preocupes, no tienes por qué mirar si todo esto te repugna. Tampoco quiero que tu sufrimiento sea más que el estrictamente necesario. Como te he explicado, únicamente queremos ser protagonistas al ver como un ser humano deja poco a poco este mundo. Como su cuerpo es desprovisto de su vida y que sensaciones nos transmite al hacerlo. Para nada estamos interesados en el sufrimiento.

Me gustaría poder hacerlo, pero desgraciadamente no puedo prometerte que todo va a acabar rápidamente. Nosotros lo hacemos siempre todo muy lentamente. Ya me entiendes.

¿Lo escuchas? Creo que Silvia está ya preparada. Entiendo que tu no sientas lo mismo, pero he de reconocerte que estoy muy excitado. Llevamos planeando esto bastante tiempo y por fin vamos a satisfacer la más brutal de nuestras fantasías. Escucha, está a punto de abrir la puerta.

-          ¿Ya le has explicado todo?

-          Vaya, estás estupenda. No me habías dicho que ibas a ponerte ese vestido. Sabes que me encanta.

¿Has visto? No puedes negar que está fantástica. Este es el vestido azul del que te he hablado. El que llevaba en la boda de mi amigo Jorge. ¿No es tremendamente sexy? Ahora comprenderás por qué no me pude resistir a hablar con ella aquel día.

Bueno, no vamos a hacerte esperar más. Lo único que te pedimos es que cuando acabe todo, cuentes que hicimos esto con el consentimiento mutuo. Que fuimos los dos los que tuvimos la idea de hacerlo juntos y ver que se siente al morir y ver morir a otra persona al mismo tiempo. Que ninguno de los dos asesinó al otro, que todo fue consentido. Para eso estás tú aquí, para ser testigo de nuestro fin. Lo único que queremos es que cuentes que nuestro amor es tan intenso que llega hasta la muerte misma.

Carroñeros. Cap 2. Hinchando los cojones

•Noviembre 6, 2009 • 1 comentario

María esta llorando en la cocina mientras prepara la cena. Su marido, el Quili, hace días que se fue del pueblo con su yerno Manolo y desde entonces no se ha vuelto a saber de ellos. Su hija, Teresa, se encuentra en el corral cambiando el pañal a su hijo al que intenta mantener al margen de toda la tensión que se está viviendo estos días.

Teresa escucha a Maruja, su abuela, llamando a María desde la calle.

-         Mama, mira a ver que quiere la abuela que yo estoy cambiando al chico.

-         Ya voy, hija. – Contesta su madre desde la cocina. – No se que querrá esta señora ahora.

María se limpia las manos en el delantal y seca rápidamente sus lágrimas, atraviesa el corral y sale a la calle donde encuentra a su suegra sentada. Su cara se transforma al ver a dos jóvenes extraños que están conversando con la anciana. Hace casi una semana que nadie llega al pueblo y al ver a los dos forasteros le da un vuelco el corazón.

Aunque se ven bastante sucios, sus ropas son aparentemente nuevas y su aspecto no es demasiado descuidado. Parece claro que se trata de dos chicos de ciudad. Aparentan unos veinticinco años cada uno, de media estatura. El que se hace llamar “Coronel Kurtz” tiene el pelo más claro que el tal “Big Boss”; y aunque sus gafas de sol impiden ver sus ojos, estos son igualmente más claros que los de su compañero.

-         Buenas tardes. – es lo único que María es capaz de articular.

-         Buenas tardes… – contesta el joven que hace unos momentos saludaba de manera tan extraña a Maruja cuando el otro le interrumpe.

-         Buenas tardes, señora lugareña. Verá, unos kilómetros atrás se nos ha parado el coche. Por lo que parece, el contador de la gasolina no funciona del todo bien y nos hemos quedado sin gasoil. ¿Podría decirnos si podemos comprarle a alguien en el pueblo?

María sigue un poco desconcertada y no sabe muy bien cómo reaccionar. Su suegra Maruja le saca de su estado de asombro.

-         Hija, pregúntales si saben algo del Antonio.

-         Cállese un momento por favor. ¿De dónde vienen ustedes?

-         Verá, se lo acabo de explicar, estamos buscando gasoil. El coche nos ha dejado tirados.

-         Sí, claro, claro, gasoil. Perdónenme.

María se asoma al corral y avisa a su hija Teresa: “cuida un momento el fuego que tengo que ir a la plaza”. Se da la vuelta cerrando la puerta del corral sin escuchar a Teresa que intenta explicarle que ella no puede ir a la cocina al estar con el crío. “Vengan conmigo” indica a los jóvenes mientras empieza a subir la cuesta que lleva a la plaza mayor. El “Coronel Kurtz” se despide de Maruja sin encontrar respuesta.

Siguen a María que está subiendo la cuesta tan rápidamente como sus piernas le permiten, dándose la vuelta cada cierto tiempo y apremiándoles con un “por aquí”.

Al llegar a la plaza mayor, Bundi, Migue y el resto siguen discutiendo la manera en la que deben actuar ante la situación tan extraña que les ha tocado vivir. Al ver tal número de personas reunidas, uno de los jóvenes se para en seco maldiciendo su suerte. María, sorprendida, se gira un instante al escuchar la exclamación y sigue andando en dirección al grupo llamando a Bundi a gritos, lo que hace que casi no escuche al otro joven dirigirse a su compañero.

-         ¿Estás tonto? Ahora no te pongas nervioso, joder.

El grupo se queda un poco perplejo ante la camarilla que sube por la cuesta, mientras María sigue llamando a Bundi que, después de un par de segundos reacciona y comienza a andar hacía ella. Migue también reacciona y, como intentando dar muestras de autoridad, se le adelanta y, altivo, comienza a hablar.

-         ¿Quiénes son esos dos?

-         Se han presentado en mi casa pidiendo gasolina.

El joven de pelo moreno interrumpe a María.

-         Perdone señora, lo que queremos es comprar gasoil. No creo que estemos pidiendo nada malo. Dígale a ese señor que no tiene por qué hablarnos en ese tono.

-         ¿Vosotros dos de donde “habís salío”? – le increpa el Migue.

-         Bueno, bueno, nosotros no buscamos problemas. Así que “baje” un poco.

Viendo que la situación se está tornando bastante tensa, Bundi decide no perder un segundo e intervenir.

-         Migue, hostia, les estás acojonando. No se lo tengáis en cuenta, chicos, –dirigiéndose ahora a los forasteros- veréis, es que hace días que estamos incomunicados y estamos todos un poco tensos.

-         Verán, no es que no nos importe, nosotros lo único que queremos…– resopla al tener que repetirse tantas veces- es un poco de gasoil. Mi nombre es “Big Boss” y este de aquí es…

-         ¡Que digan qué coño está pasando! –insiste Migue, visiblemente alterado.

-         ¡Miguel, joder! – le increpa Bundi.

El joven que se hace llamar “Big Boss” saca un fajo de billetes del bolsillo e insiste en terminar el asunto cuanto antes. Esto hace que la cara de Bundi cambie, a la vez que Migue parece ponerse cada vez más nervioso. A simple vista, el fajo de billetes podría tener un valor de más de mil euros. Para calmar las cosas, Bundi ofrece una alternativa.

-         Perdonad, ¿nos podéis hacer el favor de acompañarnos al bar del pueblo? Tenemos bastantes preguntas que haceros y lo mejor es que nos sentemos todos y nos tranquilicemos y después arreglar lo vuestro.

El joven, muy nervioso, mira a su compañero que únicamente se limita a contestar afirmativamente con una frase bastante expresiva: “una cerveza fría siempre sienta bien”.

-         Perfecto. – exclama Bundi mientras mirando al Migue con cara de preocupación comienza a andar en dirección al bar- Vamos a tranquilizarnos todos y hablar como personas civilizadas.

El Bar se encuentra muy cerca de la plaza mayor. A escasos veinte o treinta metros. La escena parece sacada de una película de Berlanga: los dos jóvenes andando, uno de ellos con un bidón vacío y gafas de sol a las ocho de la tarde. A un metro por delante, el Bundi. El Migue a un lado mirándoles de arriba abajo, desafiante, y unas veinte personas detrás. Todas en dirección al bar de Pepito. Cuando todo el grupo comienza a entrar, Pepito se encuentra en una de las mesas del local leyendo un periódico deportivo, evidentemente desfasado. Lejos de extrañarle la escena, rápidamente se levanta y se dirige a la barra preguntando en voz alta cuantas cervezas se van a servir al tiempo que llama a su mujer Lucia para que le ayude, algo que evidencia la gran devoción que siente hacia su negocio.

El bar, al ser el único del pueblo, dispone de un aforo bastante destacable: doce o quince mesas, más sus respectivas cuatro sillas por cada una y otras apiladas en las esquinas copan el espacio del local. Bundi ofrece asiento a los jóvenes mientras organiza las consumiciones de los más cercanos y las pide en voz alta. Mientras, Migue, sentado con los brazos acomodados en el respaldo de una de las sillas cercanas a la mesa, balancea la cabeza negando cuando alguien le pregunta si quiere tomar algo.

Cuando llegan las cervezas a la mesa, Bundi vuelve a disculparse por el pésimo recibimiento, les explica brevemente la situación de incomunicación que están sufriendo y la aparente desaparición de los vecinos que se han aventurado a buscar noticias. Una vez acabada la explicación, se dirige al joven que se ha presentado como “Big Boss” y que se ha convertido en el interlocutor oficial de los dos forasteros.

-         ¿Nos podéis explicar lo que está pasando ahí fuera?

El joven mira a su compañero, que se encoje de hombros. Se gira de nuevo, toma un trago de cerveza, agacha un instante la cabeza y mira hacia el Bundi para contestar.

-         Perdone, pero no acabo de entenderle. ¿A qué se refiere con lo de “que está pasando”?

Una expresión de gran sorpresa se dibuja en todos y cada uno de los vecinos asistentes a la reunión improvisada. Se hace un murmullo general en el local que se va incrementando poco a poco. En medio del ruido se puede distinguir un resoplido y la voz del Migue que contenido exclama “me cagon dios”.

-         ¿Me estáis diciendo que no hay ninguna guerra ni nada por el estilo? – Prosigue Bundi.

-         ¿Guerra? – carraspea un par de veces y continua. – Perdonen, no entiendo nada. ¿De verdad que no saben lo que está pasando?

Migue, que no aguanta más, se levanta, coge el mando del televisor de la barra y la enciende mostrando los diferentes canales y las cartas de ajuste de las cadenas públicas mientras exclama.

-         A esto, chaval, a esto. ¿Por qué cojones no hay tele? ¿Por qué la gente que sale del pueblo no vuelve? ¿Por qué hace cinco días que no aparece nadie por aquí?

Antes de acabar la última frase lanza el mando contra la pared que hay a la espalda de los jóvenes haciéndolo añicos. Pepito se altera al ver la reacción y es detenido por su mujer antes de abalanzarse contra él.

Un silencio tenso se hace evidente, solo roto por un “ummmm, que fresquita y que buena” del joven del pelo más claro que acaba de dar un gran trago a su cerveza. Algo que enciende aun más al Migue que es detenido por Bundi cuando éste se disponía a dar una lección a los dos forasteros. Bundi consigue calmar un poco a su paisano y se dirige de nuevo a los dos extraños.

-         Mirad, las cosas están bastante tensas, así que no nos toméis el pelo. Algo tiene que estar pasando ahí fuera, así que más vale que habléis o no sé si voy a poder contener la situación

Los jóvenes se miran durante un rato haciéndose gestos raros, como intentando comunicarse de alguna manera pero sin hablar. Cuando Bundi está a punto de insistir, el moreno empieza a hablar.

-         Verá señor, antes que nada me gustaría presentarme. Mi nombre es Manuel, pero pueden llamarme Manu. Mi amigo se llama Carlos.

Carlos, conocido hasta ahora en esta historia como el joven del pelo más claro o “Coronel Kurtz”, hace un gesto con la mano, saludando, y vuelve a dar un trago a su cerveza. Manu, sigue hablando.

-         La televisión, efectivamente, veo que no da señal. Posiblemente les pase lo mismo con el teléfono, radio, internet o “teletipo”.

-         ¿Entonces es verdad que nos han invadido los chinos? – Interrumpe María, que ha seguido a la comitiva desde el principio.

Carlos escupe un trago de cerveza y empieza a toser compulsivamente al haber, como se suele decir coloquialmente, tragado por el otro lado, fruto de la sorpresa que le ha provocado la pregunta. Entre tos y tos se puede distinguir un “perdón” y algo parecido a una risa. Manu continúa hablando.

-         No, señora no, no nos ha invadido nadie… ¡aunque sí! sí, se podría decir que hemos sufrido un ataque.

Vuelve a haber un murmullo general en el bar interrumpido por Bundi que seguidamente le insiste a Manu que continúe con su explicación, cosa que hace sin demora. Mientras, Carlos hace un gesto a la barra alzando el vaso y señalándolo con su otra mano, pidiendo una nueva consumición.

-         Verán, hace unos cinco días una cédula terrorista, decían que probablemente del grupo terrorista “al-quaedas”, atacó simultáneamente las comunicaciones en varias ciudades del mundo con una bomba magnética. Un follón vamos, aunque la verdad es que no tuvieron demasiado éxito y muy pocas ciudades se han visto afectadas. Nosotros venimos de Valencia y por eso nos sorprende tanto su reacción, ya que allí no hay ningún problema.

-         Pero entonces se puede decir que estamos en guerra ¿no? – pregunta Bundi.

-         Bueno, a ver… guerra, guerra no es, de la manera que creo que están insinuando, no. Ya le digo que el ataque ha sido algo bastante chapucero y a parte de alguna ciudad en concreto no ha tenido ningún éxito, pero ya sabe, aunque haya jodido poco, no le mentiré, se ha armado la de Dios; aunque no ha muerto nadie.

-         ¿De qué país eran los terroristas? – pregunta Gonzalo, uno de los vecinos del pueblo, desde el fondo del bar.

Manu no contesta y se limita a dar un gran trago a su cerveza mientras baja la vista de nuevo. Cuando parece que finalmente no va a contestar a la pregunta que le han formulado, sigue hablando sin levantar la vista, como pensativo.

-         Pues la verdad es que ese es el tema principal. Al principio, como siempre, acusaron a los países árabes, ya saben, Irán, Siria… sobre todo porque esos ataques eran suicidas, nada nuclear, pero lo último que sabemos es que estaban acusando a Corea del Norte… bueno, el tema es que se ha liado bastante acusándose unos países a otros: que sí a has sido tú, que si no, que ha sido aquel. De todos modos, desde hace unas horas que no nos funcionaba la radio del coche, así que no sé cómo está la cosa.

Las palabras de Manu parecen haber provocado que la mayoría de la gente se haya calmado en el bar y se empiezan a ver rostros de alivio en muchos de los vecinos que ocupan el local. Aun así, María sigue con la misma expresión que cuando vio por primera vez a los jóvenes y se atreve a preguntarles.

-         Entonces, ¿Qué le puede haber pasado a mi marido y mi yerno? Hace un par de días que salieron del pueblo y no han regresado.

-         Lo siento señora, pero no sé qué decirle. Quizá le haya pasado como a nosotros y se haya quedado sin gasolina. No sé.

-         Bueno, por lo menos ahora sabemos que las cosas están bien y que no hay motivos para pensar mal. – Interrumpe Bundi mientras ya la mayoría de gente en el bar parece haberse tranquilizado- Si os parece bien, como ya ha oscurecido, ésta noche os quedaréis a dormir en mi casa y mañana por la mañana os llevo con mi coche al vuestro.

-         Verá señor, a nosotros lo que nos gustaría es comprar gasoil y volver a nuestro coche… -intenta contestar Manu cuando es interrumpido por Migue.

-         Yo no me trago nada de eso.

-         Bueno Migue, ya está bien, te estás pasando. – Replica Bundi.

-         Me gustaría saber que cojones hacéis vosotros dos por estas carreteras a estas horas. A mí no me encaja nada de lo que habéis contado.

-         ¡Basta ya, Migue!

-         No se preocupe, no pasa nada –interrumpe Carlos dirigiéndose a Bundi- Le explicaré que hacemos aquí. Mi madre se encuentra de vacaciones en Albacete, de donde es mi abuela, visitando a familiares suyos. Como ha contado Manu, aunque el ataque terrorista ha sido bastante pésimo, parece que por esta zona hay problemas y desde entonces no he podido hablar con ella, así que decidí coger mi coche e ir a comprobar si sigue estando bien. Como únicamente he estado una vez en Albacete y fue de pequeño, Manu se ofreció a acompañarme. Aunque pensé que sería de ayuda, por su culpa creo que nos hemos confundido de salida de la A3 y andamos un poco perdidos.

-         Eh tío,  ¿Pero qué estás diciendo? – Contesta Manu, pero Carlos le interrumpe y sigue con su explicación.

-         El resumen es que hemos estado dando bastantes vueltas por culpa del capullo éste y finalmente nos hemos quedado sin gasoil en la nacional. Como no hay ningún tipo de cobertura en esta zona y no ha pasado coche alguno en más de una hora, al ver el letrero que marcaba el pueblo, hemos pensado que no estaría demasiado lejos y hemos decidido venir andando.

Bundi, se ha dado cuenta que al empezar a hablar Carlos, Manu se ha puesto las manos en la cara y ha bajado la cabeza durante varios segundos.

-         ¡Pero si ese desvío está a veinte kilómetros del pueblo! –exclama Luís, otro de los asistentes a la reunión improvisada.

-         Ahora lo sabemos. Llevamos caminando todo el día. Podrá entender entonces nuestro lamentable estado.

De nuevo el murmullo inunda el bar cuando la segunda cerveza de Carlos llega a la mesa y éste le da un trago antes de mirar a su compañero con un gesto, como riendo. Ésta vez hay más suspiros de alivio que comentarios pesimistas. Migue parece resignado, como si hubiese perdido una batalla. Siente que la aparición de esos dos chicos le ha arrebatado el poder que había logrado ejercer sobre sus vecinos tan solo una hora antes y una parte de él desearía que hubiese ocurrido alguna desgracia como una guerra o algo parecido. Quizá por ello, parece aferrarse a esa idea y las explicaciones dadas no le parecen bastante, al igual que María que sigue sin entender por qué ni su marido ni su yerno hayan vuelto todavía a casa. Por todo ello y sin mediar palabra, Migue abandona el bar visiblemente enfadado, haciendo un gesto a Gonzalo para que le acompañe.

Los ánimos se calman en el bar con diferentes conversaciones que se entrelazan entre los asistentes, los cuales, al ser ya más de las diez de la noche, van abandonando el bar para ir a dormir.

Bundi insiste en la necesidad de que los jóvenes deberían quedarse esa noche en el pueblo y volver a su coche al día siguiente, pero Manu no se deja convencer y vuelve a ofrecer pagar el gasoil con un fajo de billetes que parece un pago más que excesivo. Bundi accede entonces a llevarlos a su casa, llenar el bidón con gasoil de tractor y luego acercarles al coche. Les advierte del peligro que conlleva llevar gasoil tintado en el coche si les para la guardia civil, pero a ellos no parece importarles demasiado.

Cuando todo está decidido y se disponen a dejar el bar, Migue y Gonzalo, armados con escopetas de caza, irrumpen en el bar apuntando a los jóvenes e invitándoles a tomar asiento de nuevo. Pepito se altera mucho e increpa al Migue por entrar de esa forma en su local, pero al verle la cara desencajada, decide mantenerse al margen.

-          ¡De aquí no se va ni Dios! Ahora mismo vais a empezar a hablar y a dejaros de gilipolleces.

Bundi vuelve a intentar calmar los ánimos, pero está claro que esta vez el cañón de la escopeta descompensa la situación. La tensión aumenta tanto entre los dos vecinos que incluso se puede llegar a escuchar como Migue amenaza con matar a todos los del bar. Bundi insiste en que las cosas deben calmarse y llega a un trato con su vecino. Como a Migue no le cuadra que hayan caminado veinte kilómetros hasta el pueblo, irá hasta el coche de los jóvenes y así al menos demostrará que la historia de que se han quedado sin gasolina es real.

A Migue le parece buena idea, siempre y cuando Bundi lleve gasoil y traiga el coche de los jóvenes, cosa que no le entusiasma, ya que eso significa dejar el suyo abandonado. Aun así acepta y le pide las llaves a Manu.

-          ¿Estas de coña? ¿No solo nos tenéis aquí retenidos, si no que ahora quieres que te de las llaves del coche?

El cañón de la escopeta de Migue en su cabeza hace que recapacite y saque una llave de su bolsillo cogida a un llamativo llavero con un pequeño peluche color rosa de Hello Kitty. Finalmente Bundi desaparece por la puerta.

Son ya más de las tres de la mañana y Bundi todavía no ha vuelto. Migue y Gonzalo, Pepito y su mujer, los dos jóvenes y dos amigos más de Migue son los únicos que quedan ya en el bar. Nadie ha abierto la boca desde que se marchó Bundi, así que Pepito rompe el silencio ofreciendo un cortado a los asistentes, con el fin de romper un poco la tensión.

-          ¿Que cojones estará haciendo el imbécil ese? – le interrumpe Migue.

Se levanta de su silla y le dice a Gonzalo que no deje de apuntar a los dos forasteros. Explica brevemente que él y Luís, otro de los asistentes que quedan en el bar, irán a ver que puede haber pasado con el Bundi.

Cuando los dos hombres están subiendo al todoterreno de Luís, ven que a unos pocos kilómetros del pueblo, en la carretera, se ven los focos de un coche que no se mueve. Extrañados, deciden acercarse a ver qué ocurre.

Cuando llegan, se dan cuenta de que se trata del coche del Bundi, pero no hay nadie en su interior. Por la posición del coche, se deduce que fue abandonado cuando volvía al pueblo, lo que hace pensar que no ha encontrado el coche del que hablaban los dos forasteros. De todos modos, lo peor de todo es que el Bundi ha desaparecido.

Gonzalo no deja de apuntar a Manu y Carlos que parecen ya resignados ante la situación. Son ya casi las seis de la mañana y no deja de mirar su reloj. Cada vez está más nervioso y presiente que ni Bundi ni Migue ni Luis van a volver. Justo cuando está a punto de pedir explicaciones a sus rehenes, Migue entra por la puerta mucho más enfadado de lo que nunca nadie ha sido capaz de verlo antes. Se dirige a la mesa y de un fuerte golpe deja la llave y el peluche de Hello Kitty manchado de sangre encima de ella.

-           Ahora mismo me vais a contar que cojones hace un taxi de Barcelona escondido en la cuneta de la carretera, lleno de sangre por todos lados. Me vais a contar qué coño le ha pasado al Bundi y que es lo que mierdas está pasando ahí afuera.

Manu, lejos de acceder, se levanta cogiendo de manera airada la llave y tirando la mesa al suelo.

-          Sois unos hijos de puta. ¿Qué coño habéis hecho con el coche? Ladrones de mierda…

Un golpe en plena cara con la culata de la escopeta hace que Manu se calle al instante.

-          Luís, Gonzalo, ir desnudando a estos dos hijos de puta a ver que llevan encima. Por mis santos cojones que van a contarlo todo.

Cerca de las seis de la mañana, Maruja se sienta de nuevo en su silla favorita delante de la casa. Su nuera María, que ha sido incapaz de dormir esa noche le acompaña con su nieto en brazos. El chico no es muy dormilón y siempre se despierta muy temprano.

Cuando ven pasar el todo terreno de Luís a toda velocidad por delante de su puerta con Migue de copiloto armado con una escopeta de caza, María le dice a su suegra que cuide del chico para poder ir a ver que es lo que está pasando.

Maruja se queda por tanto sentada en su silla con su bisnieto jugando tranquilo a sus pies.

Su nuera no ha llegado todavía a la mitad de la cuesta cuando, una vez más, su débil vista no le deja distinguir la figura que, como los dos chicos el día anterior, se dirige a su casa a paso lento e indeciso por la carretera de acceso al pueblo. Vuelve a arrepentirse por no llevar a mano sus gafas, pero parece estar convencida de que esa figura es su hijo Antonio, el Quili.

-          ¿Antonio? Antonio, hijo.

Finalmente la anciana se convence de que efectivamente se trata de su hijo Antonio cuando la figura hecha a correr hacia ella al escuchar su voz.

Carlos escupe sangre debido a un puñetazo más de Migue en su rostro.

-          Le estamos diciendo la verdad. – consigue finalmente decir-.

-          Vais mal chavales, vais mal. Eso que contáis tiene menos sentido que lo del ataque terrorista.

Migue está extenuado. Lleva la camisa remangada y algo manchada de sangre. Hace casi una hora que interroga a los dos forasteros sin ningún resultado que le satisfaga.

Los dos muchachos se encuentran en ropa interior y atados de pies y manos a dos sillas. Migue y sus dos amigos se han despachado a gusto con ellos intentando sacar una versión diferente que les convenza de lo que está pasando fuera del pueblo. Finalmente y después de propinarles una buena paliza parece ser que han cambiado su versión de los hechos, pero a Migue sigue sin convencerle ninguna de las explicaciones que dan.

Se sienta en una de las sillas resoplando y descansando unos instantes. Pepito hace ya rato que ha decidido no ver más y con su mujer se han retirado al piso superior del bar donde viven.

Cuando se levanta de nuevo para proseguir el interrogatorio, Baldo irrumpe en el bar escandalizado.

-          ¡Migue, Migue! Ven a la plaza. Alguien ha matado a la tía Maruja. Es horrible.

Al ver la escena, Baldo no concluye su explicación y se da media vuelta echando a correr sin más, seguramente por la aversión que le provoca lo que ha visto dentro del bar.

-          Me cago en San Dios el amargao. – exclama Migue- Coged a esos dos y vamos a ver qué ha pasado.

Gonzalo y Luís sueltan a los chicos y los dirigen a la calle entre empujones y golpes.

La siguiente escena hace que, mezclado con el frío de la mañana, un escalofrío recorra el cuerpo de los jóvenes. Casi al llegar a la plaza, la calle está repleta de gente. Algunos les insultan, otros se limitan a echar miradas asesinas, pero el hecho es que el desprecio que perciben es insoportable. La escena se asemeja a la que estamos acostumbrados a ver en las películas ambientadas en la edad media cuando un preso es condenado a muerte en la plaza de la ciudad delante de la plebe. El miedo que sienten parece no poder ser mayor hasta que al llegar al centro de la plaza comprueban su error.

Se ha formado un gran corro alrededor de hasta cuatro hombres, algunos de ellos heridos con sangre en diferentes partes de su cuerpo, que parecen retener a un chico aparentemente de la misma edad que Manu y Carlos. El chico está como poseso, con los ojos desorbitados y sin dejar de moverse e intentar soltarse. Su piel tiene un tono grisáceo que provoca pavor. De su boca cuelga un hilo entre espuma y sangre, y no deja de intentar morder a sus captores mientras entona gemidos de ultratumba. La imagen dantesca se acentúa al comprobar que al chico le falta el brazo derecho, el cual parece habérsele desgarrado brutalmente, y de su vientre cuelgan vísceras seguramente por el impacto de varios disparos de algún arma de caza.

Carlos no puede evitar vomitar al ver la escena y Manu no es capaz de articular palabra salvo un “mierda” más que expresivo.

María se encuentra llorando al fondo de la plaza de rodillas al lado de un bulto tapado por una sabana empapada en sangre. Sus gritos entre lágrimas apenas dejan escuchar el de Migue que manda arrodillar a los forasteros.

-          ¿Que mierda es eso? – dice Migue señalando al joven desmembrado- ¿Lo habéis traído vosotros?

Manú, entre algún que otro balbuceo intenta convencerlo que no tiene idea alguna de quién es ese muchacho, pero antes de acabar María les acusa de mentirosos. Explica que el día anterior su suegra le contó que los chicos le habían dicho que eran militares.
Ni Manu ni Carlos parecen reaccionar, y Migue que ha perdido los nervios ya completamente, anda decidido hacía a los jóvenes apuntándoles con su arma.

-          Esto lo arreglo yo ahora mismo.