Alienación

•Febrero 5, 2010 • 2 comentarios

alienación.
(Del lat. alienatĭo, -ōnis).
1. f. Acción y efecto de alienar.
2. f. Proceso mediante el cual el individuo o una colectividad transforman su conciencia hasta hacerla contradictoria con lo que debía esperarse de su condición.
3. f. Resultado de ese proceso.
4. f. Med. Trastorno intelectual, tanto temporal o accidental como permanente.
5. f. Psicol. Estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad.

Despedido. Así sin más. Treinta años trabajando en lo mismo y ahora en la calle. La crisis: los cojones. ¿Y ahora qué? Con casi cincuenta y sin empleo. Toda una vida dedicada a la misma labor y sin ninguna otra experiencia. ¿Quién iba a contratarle?
Una caja de pizza de hacía días y un montón de latas de cerveza vacías aquí y allá. Su casa apestaba y él también. Treinta años haciendo lo mismo una y otra y otra y otra vez y ahora ahí sentado, peleando con hongos por comerse un trozo de pizza. “Cabrones, si queréis pizza pagadla”. Empezó a reírse de sí mismo, de su situación. Lo que empezó con una tímida sonrisa acabo sonando como una escandalosa carcajada.
Necesitaba un cambio radical en su vida pero no sabía hacía que lugar. Se dirigió al baño y se miró en el espejo. Pensó largamente contemplando su absurda expresión. Cogió una maquinilla y empezó a afeitarse la cabeza. Verse como un calvo era algo que siempre había tenido curiosidad de hacer. Mientras iba quitándose uno a uno largos mechones de pelo, recordó algo y acabó dejándose una cresta al estilo mohicano. “¿Estás hablando conmigo?” Increpaba a su reflejo.
Sonó su teléfono móvil en ese instante, y él se quedo mirándolo unos segundos extrañado. “¿Diga?”. “Mira por la ventana. ¿Ves a esos tres hombres? Vienen a por ti. Sal del edificio” le dijeron. Colgó el teléfono sin más. No estaba para bromas.
Se sentó en su gastado y viejo sofá y siguió mirando aquel aburrido programa. Un extraño reality show americano donde solo participaba un único concursante. Un bebe. No tenía sentido alguno.
De repente alguien golpeo con fuerza a la puerta. ¿Quién sería? ¿Algún pesado vecino? ¿Quién iba a acordarse de él y de su patética existencia? Decidió no hacer caso alguno, pero un segundo golpeo más violento que el anterior le hizo decidirse a levantarse.
“Ya va, ya va, no hace falta golpear tan fuerte” exclamaba mientras se dirigía a la puerta en el momento que sonó su teléfono móvil una vez más. Sin pensar lo descolgó. “No abras la puerta. Mira por la mirilla. Ahora”. Al hacerlo vio a tres hombres de negro tras ella.
Caminaba por la cornisa de su edificio ante la incrédula mirada de los transeúntes que lo confundieron con un suicida. “Te vas a matar” se decía a sí mismo, cuando un soplo de aire hizo caer su teléfono móvil estampándose contra la acera. “No soy nadie”. Y volvió temblando de miedo a su piso. “Tengo que salir de aquí”.
Salió por la puerta de su casa. Los tres hombres de negro habían desaparecido y únicamente encontró a un vecino que subía por las escaleras con la compra. Se acercó a él saludándolo amistosamente y le tendió la mano. El vecino, extrañado ante tanta cordialidad estrecho su mano tímidamente y se sorprendió cuando le agarró con fuerza por la cabeza y susurrándole al oído le dijo: “Ahí va mi pequeño secretito…” y tras tres segundos en silencio le grito al oído: “¡Yo maté a Mufasa!”. Dicho esto, soltó al hombre y se marcho dando gritos escaleras abajo a toda velocidad mientras al petrificado vecino se le escapaban las bolsas de la compra de las manos.
Una naranja se deslizó de la bolsa cayendo por el hueco de las escaleras y formando un pequeño charco de zumo de naranja en el rellano. Cuando nuestro protagonista llegó abajo y vio la naranja sintió un escalofrío. “¡Alguien va a morir!” Pensó. Salió del edificio con esa frase en la cabeza, hasta que se dio cuenta que no estaba pensándola, si no gritándola a los cuatro vientos. No es necesario describir la reacción de los peatones ante tal actitud.
Avergonzado, se puso a correr. Corrió hasta que no pudo más y se paró en un desierto callejón. Al final del mismo volvió a ver a aquellos tres hombres de negro. Asustado no pudo hacer otra cosa que gritarles antes de echar a correr de nuevo. “¿Queréis joderme? ¡Cucarachas! ¡Querer joderme a mi es querer joder al mejor!”.
Siguió corriendo y corriendo hasta que exhausto entró en otro callejón y se escondió sentado en el suelo detrás de un container de basura. Se cogió fuerte las piernas y se empezó a balancear fruto del pánico. “¿Abogado? ¿Abogado?” Preguntaba una y otra vez hasta que una rata le sorprendió. “Ratita, te he visto la colita” dijo para sí mismo.
Cuando creyó que el peligro había pasado se levantó y anduvo perdido por la ciudad y por sus treinta años de trabajo ahora carentes de valor, hasta que llegó al frío río que atravesaba la ciudad. Allí comprendió lo que estaba haciendo. Lo que buscaba en realidad era el Santo Grial, y solo cruzando el puente invisible que colgaba sobre el río conseguiría su preciado objeto. Saltó al otro lado de la barandilla y tras suspirar y armarse de valor, se dispuso a dar un paso, un salto de fe, a lo que aparentemente era el vacío. Y no solo aparentemente ya que, al intentar poner el pie en el puente inexistente cayó al agua helada del río. “Rose…. Rose…” susurraba mientras se hundía en las frías y profundas aguas.
El viejo cine iba a ser derruido sin más. Casi cincuenta años abierto y ahora iba a ser reducido a escombros. Por sus butacas habían pasado cientos, miles de personas. Todas ellas ilusionadas. Todas ellas con ganas de soñar con las imágenes que desde detrás de sus cabezas se proyectaban en aquella enorme pared blanca. Y todas aquellas personas habían tenido un ayudante, un guía que les indicaban su lugar en aquella fábrica de sueños. Ahora ese guía, ese acomodador, descansaba en las profundidades de aquel frío río.

La Noria Roja y el viejo Estanislao

•Enero 28, 2010 • Dejar un comentario

Un humo con dulce aroma a caramelo emergía de las fosas nasales del viejo Estanislao. Hacía treintaitrés años, justo la mitad de su edad, que había comprado aquella vetusta pipa de madera en el mercado de algún pequeño pueblo de Europa del este. El humo jugueteaba en el rostro arrugado del viejo Estanislao; trepaba por sus espesas cejas y se perdía por encima de su descuidado pelo gris y su sombrero de copa roto. Mientras acariciaba su barba de chivo, puso una vez más sus labios en la mordisqueada boquilla de su pipa y aspiró a través del orificio. Entre una espesa cortina de humo, animaba a niños, jóvenes y ancianos a subir a su increíble noria roja. Antaño, aquél antiguo amasijo de hierro oxidado, había merecido la admiración del público. Los niños disfrutaban girando en aquellas pequeñas cestas degustando  una manzana de caramelo o un poco de algodón de azúcar. A día de hoy, la pequeña noria del anciano no era más que una reliquia del pasado. Sólo de vez en cuando alguna joven pareja subía a la noria, usando el trayecto como excusa para meterse mano.

-         Deberías venderla a un museo, Estanislao. Los niños de hoy prefieren otras cosas. – Le decía, como tantas otras veces, su viejo amigo Vladimir.

Resultaba irónico que quien diese esos consejos fuese organillero. Vladimir giraba el manubrio de su organillo emitiendo una melancólica canción, Sous Le Ciel de Paris, que se veía engullida sin escrúpulos por los bafles de “El Saltamontes” y el nuevo éxito de Lady Gaga. Vladimir era ucraniano, bajito, con un grueso bigote teñido de rojo por el humo del tabaco negro que fumaba. Una boina gris cubría su cabeza, los cuatro pelos que le quedaban, y un pequeño secreto de color marrón que le proporcionaba el dinero para sus borracheras y sus noches en compañía de mujeres de mala vida.

Realmente aquel pequeño rincón de la feria pertenecía a otra época. Aquella noria roja, aquellos dos pintorescos personajes, aquel organillo y aquella cancioncilla desentonaban con el resto de atracciones de última generación y el barullo de música techno que conformaban aquel lugar de diversión.

-         Mira Luisito que noria más antigua. ¿No quieres subir?

-         Papá, esa noria es una puta mierda.

-         ¡Niño! ¡Esa boca!

Estanislao sonreía pese a todo. Aquella noria le había acompañado toda su vida. Entendía que nadie quisiese subir ya en ella. Comprendía que a los niños les resultase aburrida. El problema era que no tenía otra cosa más en la vida. Aquella “puta mierda” de noria era todo lo que poseía. Sabía que el fin de sus días llegaría estando junto a ella y que con su muerte, aquella ruleta roja ya no tendría valor alguno para nadie.

-         Hola niños, ¿queréis subir a la noria? Podéis subir gratis si queréis.

-         ¡Cállate viejo asqueroso! Este viejo de mierda seguro que es un pederasta.

Estanislao mantenía la sonrisa y aguantaba el tipo estoicamente cuando aquel grupo de críos le arrojaba piedrecitas con más o menos puntería. “Viejo cabrón” le gritaban. Apareció por allí la bruja de “El tren de la bruja” ahuyentando a los zagales, que abandonaron el lugar con mirada desafiante.

-         Putos críos. ¿Te encuentras bien Estanislao?

-         Sí, sí. Gracias Nico. La culpa es mía, les invite a subir gratis. Hacen bien en no fiarse, con los tiempos que corren… – Decía Estanislao mientras se sacudía las piedrecitas del sombrero.

-         ¿Pero qué dices Stan? Con estos críos menudo mundo nos espera. – La bruja, se dirigió entonces a Vladimir. – Bueno, Vlad, he venido a por un poco de eso que tú sabes.

Bajo la máscara de bruja se encontraba Nico, un joven rumano que, de tanto ir a comprarle cosas a Vladimir, había entablado una extraña amistad con los dos viejos.  Mientras cada uno fumaba de lo suyo, Nico les contó lo duro que era su trabajo. Los niños pensaban que la ficha para un viaje en el tren de la bruja les daba permiso para zurrarle de lo lindo. Nico recibía golpes e improperios de los niños bajo la orgullosa mirada de sus respectivos progenitores que reían ante el esperpéntico espectáculo.

-         Pobrecitos. Los niños no tienen culpa. – pensaba Estanislao.

Tras maldecir a sus jóvenes clientes y pagar a Vladimir lo debido, Nico se colocó bien la máscara y volvió a su “amado” tren. Así pasaron las horas en la feria hasta que la luna y las estrellas hicieron acto de presencia.

Cuando se hizo tarde y la gente comenzó a desfilar hacía sus casas, una espesa niebla se apoderó del lugar dando a la noche un aspecto siniestro y lúgubre. Vladimir se marchó en busca de amor de saldo, con una botella de vodka bajo el brazo. Estanislao se despidió de él mientras se disponía a parar el mecanismo que hacía girar a su noria. Cuando estaba a punto de bajar la palanca que detendría a su preciada atracción un hombre le interrumpió dándole un par de golpecitos en la espalda.

Al igual que Estanislao, el desconocido portaba sombrero de copa negro. Vestía muy elegante, con un traje negro, una corbata roja y unas gafas de sol redondas de cristal rojizo. Portaba capa y un suntuoso bastón con una siniestra cabeza de cabra como empuñadura. Su pelo era canoso y con su barba de chivo se parecía de veras a Estanislao.

-         Permítame dar una vuelta en esta maravilla antes de apagarla.

-         Por supuesto. – Dijo Estanislao, entusiasmado al ver el interés del extraño – No le cobraré.

Ahora aquella feria estaba desierta, el silencio solo se veía interrumpido por los chirridos de la vieja noria de Estanislao.

-         ¿Le importa que fume mientras le acompaño? – Dijo Estanislao, mostrando su pipa.

-         Por supuesto que no. De hecho fumaré con usted.

El extraño personaje saco una pipa negra con una inscripción en inglés. “Highway to Hell” rezaba. Estanislao detuvo un segundo la noria y cuando el desconocido tomo lugar, la volvió a accionar, apresurándose para subir a la cesta contigua.

-         Le ruego que me perdone, he olvidado mis modales y aún no me he presentado. – Del dedo índice del extraño surgió una pequeña llama, con la que encendió la pipa; luego la apagó con su lengua, sin que Estanislao pudiera percatarse de nada. – Mi nombre es Lucifer, señor de las tinieblas.

El viejo Estanislao no daba crédito y mientras llenaba sus pulmones con el dulce humo de su pipa, no pudo evitar toser al escuchar aquel nombre.

-         Usted es…

-         Sí, soy el Diablo. ¿Sorprendido?

-         Un poco. Aunque permítame que dude de usted.

-         Se lo permito, si no dudase sería usted un auténtico imbécil. La verdad es que no he venido aquí por su noria. A decir verdad, su noria me parece una puta mierda, si me permite la expresión. Perdone que le haya engañado; ya sabe, a fin de cuentas soy el Diablo y no puedo evitar mentir con frecuencia. En realidad he venido hasta aquí en su búsqueda, Estanislao.

Estanislao no daba crédito. Claro que no creía nada de lo que le contaba aquél hombre sentado en su noria, pero ¿Cómo podía saber su nombre? Pensó que no era algo tan extraño ya que, a fin de cuentas, trabajaba en una feria rodeado de desconocidos.

-         ¿En mi búsqueda? ¿Por qué?

Lucifer dio una larga calada a su pipa y respiro hondo. Estanislao lo miraba fijamente pero, debido al giro de la noria, lo perdió de vista unos segundos y cuando volvió a posar sus ojos en la cesta contigua, el extraño ya no estaba.

-         Porque busco sustituto. – le susurró al oído.

¡Estaba sentado justo a su lado! ¿Cómo había hecho eso? Si ese hombre no era el Diablo lo estaba disimulando muy bien. Pero no podía ser ¿Cómo iba a estar el Diablo en su Noria hablando con él? Estanislao balbuceó tratando de decir algo, pero estaba totalmente aturdido.

-         Lo sé, lo sé. Lo mío no es cuestión de fe. Verá, llevo ya muchos años en esto y si no hago estas parafernalias nadie me cree. Demasiados años. Me gustaría descansar un poco ¿sabe? Este es un cargo muy ajetreado y necesito unas merecidas vacaciones. Por eso, precisamente, he acudido a usted.

Verá, este cargo es completamente necesario y usted es el candidato perfecto para ocupar mi lugar durante mis vacaciones. Y para que me comprenda voy a utilizar un método que a otros les funcionó muy bien:

LA PARABÓLA DE LA VIEJA Y ABURRIDA NORIA ROJA DE ESTANISLAO

La noria roja de Estanislao tenía muchos años ya.

Era vieja, fea y lo peor de todo: tremendamente aburrida.

Siempre fue la misma asquerosa noria,

aunque Estanislao siempre pensaba que en el pasado fue brillante

y nunca quiso cambiarla por una mejor.

FIN

-         Pues… no he entendido nada.  – Dijo Estanislao un poco ofendido.

-         ¡Bueno vale! ¡No se me dan bien las parábolas! Lo que quiero decir es que usted ha sido una persona dócil y sumisa. Lo que algunos llaman una buena persona y yo llamo una existencia carente de valor. ¿Y que ha conseguido? Una vida triste y aburrida. Como su noria.

Estanislao no sabía que decir.

-         ¡Por eso mismo! ¿Quiere que le dé el puesto a un puto psicópata? ¿A un cabrón sin escrúpulos? ¡Por supuesto que no! Usted es tan “buena persona” que hará este trabajo mejor que nadie.

-         Eso no tiene sentido.

-         ¿Cree que todo lo malo lo provoco yo? Mire, hoy he visto como unos niños le tiraban piedras. Me he partido de risa, lo confieso, pero yo no he hecho nada, han sido ellos por decisión propia. Lo que yo quiero, y es a lo que me dedico, es a que la gente no tenga una mierda de vida como usted, y por eso los puteo de vez en cuando. Sin este trabajo, la vida de la gente sería la misma puta mierda que su noria roja. Lo que yo le ofrezco – y aquí hizo una solemne pausa – es que cambie su noria roja por una increíble montaña rusa.

En ese momento, Estanislao notó algo moverse bajo sus pantalones. Bajo su bragueta había aparecido una serpiente roja de afilados colmillos negros. Asustado trato de quitársela bajándose los pantalones mientras el Diablo se partía de risa.

-         ¡Está usted enfermo!

-         Mire, déjese de historias. Elija una hora para mañana y le concederé mis poderes solo durante esa hora y solo en este lugar, en esta feria. Lo prueba, y si acepta, el puesto es suyo. Mire, no le dejo ni elegir la hora, por idiota. De ocho a nueve de la noche. Recuerde.

Cuando el Diablo termino de pronunciar estas palabras saltó de la cesta y desapareció entre la niebla. El viejo Estanislao se quedo un largo rato girando en su noria, fumando de su pipa pensativo y con los pantalones bajados. ¿Cómo podía pasarle algo así a él? De ninguna de las maneras podía ejercer de nuevo Satanás. Estaba sumido en sus pensamientos cuando apareció por allí su viejo amigo Vladimir, tambaleándose de un lado a otro.

-         ¿Qué haces ahí subido, Estanislao?

-         Buenas noches Vladimir. Solo estaba pensando en algo que me han dicho…

Carroñeros. Cap 5. Pizza Barbacoa

•Enero 8, 2010 • 2 comentarios

Carlos y Manu llevan largo rato discutiendo los motivos por los que se ven en aquella situación: En ropa interior, atrapados en un taxi sin gasolina y con un zombie que se los intenta zampar en los asientos traseros.
– Meternos en el coche a pensar. Menuda idea de mierda – Replica Manu una y otra vez.
– Si me hubieses dejado llenar el depósito en vez de entretenerme con tus gilipolleces no estaríamos así.- Se defiende Carlos nuevamente.
Han pasado ya bastante más de veinticuatro horas desde la última vez que conciliaron el sueño y si a eso le sumamos el gran número de situaciones de tensión que han estado soportando es fácil comprender que no sean capaces de pensar con claridad.
– ¿No eras tu el que decía que no reprochaba nada? – Pregunta Carlos
– Bueno, vale, esta bien. Ahora ya estamos dentro del coche y podemos pensar. Pensemos.
La situación dista enormemente de la que vivían siete días antes en Barcelona, en casa de Juan. Carlos había llegado antes de la hora acordada para ver aquel partido adelantado de liga y todo estaba preparado para tal evento.
Mientras discutían algunos detalles sobre el partido sonó el timbre y Juan se dirigió a abrir la puerta mientras Carlos distribuía el contenido de las diferentes bolsas de aperitivos en platos de plástico. Al abrir la puerta, Manu apareció tras ella.
– Ey, Manu, tío. ¿Pero tú no tenías hoy “release”?
Aquel día no contaban con su presencia, ya que era el encargado de actualizar una de las aplicaciones informáticas en uno de los clientes de la empresa donde trabajaban los tres amigos.
– Pues ya ves, al final me he podido escaquear. Ya sabes como es Moncho… con tal de cobrar las guardias es capaz de todo.
– Bien por Moncho.
– Gorka me ha dicho que al final también viene pero no se donde está y tampoco contesta al móvil.
Tanto Carlos como Juan agradecieron enormemente las cervezas que Manu había traído, pero ahora iban a ser cuatro en la mesa, por lo que Carlos propuso pedir unas pizzas por teléfono.
– Yo paso de pizza. –replicó Juan- Llevo toda la semana cenando pizza y ya me empieza a salir por las orejas. Creo que me voy a hacer una fabada.
– ¿¡Una fabada!? – preguntaron los otros dos jóvenes al unísono.
– ¿Joder, que pasa? A mi me gusta. Además, si no me empiezo a comer las latas que me compró mi madre al final se van a poner malas.
Los tres se sentaron placidamente a ver el partido y Juan se puso a comer ávidamente una lata de fabada ligeramente calentada en el microondas entre las risas e incredulidad de sus dos invitados.
Mediada la primera parte del encuentro, Dani Alves corría la banda en un nuevo ataque del FC Barcelona que dominaba el marcador y que no cesaba de acosar el área rival. Al contrario que en anteriores ocasiones, no fue detenido por otra fuerte entrada de un defensa rival. Esta vez fue un espontáneo que saltando al campo le persiguió durante unos diez metros, lanzándose sobre él y haciéndole un tremendo placaje. El espontáneo parecía estar loco e intentaba morder al jugador hasta que los guardas de seguridad del campo lo pudieron reducir.
Los tres amigos, junto con los asistentes en el campo y los miles de telespectadores que veían el partido, no daban crédito a lo sucedido.
– Joder, ya no sabéis que hacer para pararlo. – Comentó Carlos en tono irónico.
– Madre mía, ese tío esta pirado. – Contestó Juan.
Manu mantenía un tono serio mientras todo esto pasaba. Tras analizar con detalle lo que estaba viendo en aquella pequeña pantalla, pareció que iba a dar su opinión sobre aquello, pero antes de que pudiese hablar, alguien llamó a la puerta.
– Aquí están las pizzas, muchachos. –Exclamó finalmente mientras se dirigía a la puerta.
La retrasmisión del partido continuó con el detalle de algunos altercados de la grada donde había saltado el espontáneo durante unos minutos, justo hasta que el árbitro parecía que iba a suspender el encuentro. En ese momento, y sin previo aviso, la retrasmisión del mismo se cortó, dejando paso a una imagen fija de presentación del partido. Después de hacer un rápido zapping comprobaron que pasaba un tanto de lo mismo en las demás cadenas.
Cuando Manu dejó en la mesita del comedor las pizzas, Carlos empezó a dar su teoría sobre el asunto.
– Macho, esta todo bastante claro. Esto es una invasión zombie en toda regla.
– Está clarísimo. –Remarcó Juan burlándose.
Manu cogió el mando y volvió a hacer el mismo zapping que habían hecho sus otros dos amigos.
– Ya está. Ahora sabemos por que Gorka no ha venido y no contesta al móvil. – Exclamó mitad en broma, mitad en serio mientras daba la vuelta a la parrilla televisiva.
La situación les pareció bastante divertida. Dejaron encendido el televisor en el canal del partido con la esperanza de que no tardase en volver la señal de la retrasmisión y Manu inició una conversación del todo absurda.
– ¿Vosotros que haríais en caso de un holocausto zombie? – pregunto tratando de que sonase lo más serio posible.
– ¿A que te refieres? – Preguntó Carlos preocupado- Pues intentar sobrevivir, claro.
– Claro –Continuó Manu- Eso lo tenemos todos claro. Lo que pregunto es cual sería vuestro plan.
Juan parecía un mero espectador de la conversación y se limitaba a escuchar y reírse de cada uno de los comentarios de sus amigos.
– Bueno –Prosiguió Carlos- Yo supongo que haría lo que pone en meloncorp. Es decir, buscaría un sitio cerca del mar o incluso mar adentro y esperaría a que la cosa se calmase.
– Eso es absurdo –le replicó Manu- Al final acabarías muriéndote de hambre. Eso está claro.
– No si hago incursiones de vez en cuando a por provisiones.
– Al final acabarías zampado por algún zombie o muerto de aburrimiento.
– ¿Ah si? ¿Entonces tu que harías?
– Yo me haría un “road trip” a lo Planet Zombie. Es decir, pillaría un coche, lo reforzaría del royo equipo A y me dedicaría a matar zombies para pasar el rato.
– No suena mal. ¿Y tu Juan, que harías? – Preguntó finalmente Carlos.
El rostro de Juan se puso serio de repente y después de mirar atentamente a sus dos invitados se decidió a jugar en aquel absurdo juego y contó cual sería su estrategia ante la atenta mirada de sus dos amigos.
– Pues yo lo que haría sería lo siguiente: Intentaría enriquecerme todo lo que pudiese. Asaltaría casas, bancos, joyerías… nada de dinero, eso no sirve de nada… solo cosas de valor como oro y joyas. Luego, esperaría a que todo se calmara. Creedme, finalmente las guerras acaban y esta no sería diferente y cuando todo se calmase, con todo lo recaudado, seria el puto amo.
En ese momento sonó el timbre de nuevo y Carlos, tras quejarse del número de veces que había sonado ya esa noche, se dirigió a la puerta mientras Juan le previno entre carcajadas sobre la posibilidad de que fuese un zombie.
A Carlos, todo lo que habían hablado hasta entonces le había resultado muy divertido pero aun así, antes de abrir la puerta, miro por la mirilla para ver de quien se trataba. Rápidamente y sin perder un momento la abrió dejando pasar a Gorka.
– Pero tío ¿Qué te ha pasado?
Gorka aparentaba haber corrido durante largo rato, ya que estaba exhausto. Se sostenía uno de sus brazos con el otro y parecía muy asustado.
Juan, aun a su pesar, no pudo contener la risa, mientras Carlos le invitó a pasar al comedor y sentarse en una de las sillas a recuperar el aliento.
Cuando descanso un instante, aun alterado les explicó que un borracho le había atacado en el metro. Al principio creyó que únicamente quería atracarle pero sin mediar palabra se le abalanzó y empezó a intentar morderle.
– Me he tenido que bajar unas paradas antes. El loco ese no me dejaba y he venido corriendo. – Siguió explicando.
– ¿Pero como no has ido a denunciarlo? – Preguntó Carlos.
– Pues por que me he asustado un montón. No conozco esta zona y solo quería llegar aquí. Por eso he venido corriendo.
En ese momento, la retrasmisión se reanudó, pero en vez de hacerlo con el partido de liga lo hizo con un especial informativo donde se daba a conocer una serie de incidentes que se estaban dando en diferentes partes del país donde algunos individuos, aparentemente normales, habían enloquecido y atacado a las personas que tenían alrededor. En el informativo se alertaba a la población sobre un toque de queda excepcional dado por el gobierno y se instaba a los ciudadanos a permanecer en sus domicilios.
Manu y Carlos se miraron con preocupación y seguidamente miraron a Gorka que sorprendido exclamó: “¿Por que me miráis así?”
– ¿Por que te tapas el brazo? – preguntó Manu.
– Joder, os lo estoy diciendo. El loco ese me ha mordido.
– No, no. – Le corrigió Carlos – Eso no lo habías dicho. A ver ese brazo.
Carlos le ayudó a quitarse la chaqueta, dejando ver una fea herida en el brazo que Gorka se sujetaba. Al verlo, Juan dejó de reír al momento y se interesó por su amigo.
– Joder. Tío, ahora mismo vamos al hospital.
– Y una mierda – protestó Carlos muy nervioso – Esto no hace ni puta gracia.
– ¿No has odio lo del toque de queda? – prosiguió Manu.
De todo esto, Gorka no entendía nada. Él solo quería tranquilizarse un poco después de lo que le había pasado en el metro y no comprendía por que sus amigos habían empezado a discutir.
– A ver, dejaros de gilipolleces de zombies y mierdas de esas. –Exclamo Juan ya enfadado- Hay que ir al hospital y que le miren la herida.
– ¿Pero no has visto las imágenes? – respondió Carlos muy alterado- Esto es real, macho. Gorka está jodido y nos va a joder a nosotros.
– ¿Pero te estas escuchando? – Le recriminó Juan cada vez más enfadado.
La discusión estaba tornándose cada vez más tensa entre Juan y Carlos. El primero insistía en que debían ir urgentemente al hospital más cercano para que atendieran a su amigo herido y el último en lo peligroso de la situación, no dejándolo del todo claro, pero dando a entender que debían deshacerse de Gorka.
– ¿Como? ¿Estás loco? – exclamó Juan entre rabia e incredulidad.
– Joder, no digo que le echemos. – Se defendió un dubitativo Carlos como pudo – Bueno… yo solo digo que todo esto es muy raro. ¿Por qué no llamamos a un taxi y que lo lleve al hospital?
– ¿¡Pero que coño pasa!? – Gritó finalmente Gorka sin entender nada.
Mientras, Manu permanecía ajeno y atento a una de las informaciones que estaban dando en uno de los informativos. Se interesó por uno de los ataques sufridos por una conocida personalidad: La duquesa de Ocaso.
Según el informativo, el coche de la duquesa había sido asaltado por tres o cuatro dementes que se habían abalanzado sobre el vehículo sin consecuencia alguna, pero que habían hecho abortar el traslado de la colección de joyas de la familia Ocaso al museo del Prado de Madrid. El traslado se iba a realizar esa misma noche bajo un dispositivo policial y su fin era el de una exposición que duraría las siguientes tres semanas.
Tras la noticia, y al escuchar lo que acababa de decir Carlos, Manu pareció volver de su mundo y exclamó “venga, venga si…. ya pago yo el taxi”.

Todo eso era lo que sucedía siete días antes, pero en la actualidad, Manu y Carlos siguen discutiendo dentro del taxi.
– Ese plan es una puta mierda. – Dice Carlos escéptico.
– Ya lo hemos discutido, Coronel Kurtz, y no se nos ocurre nada mejor.
– No, si no digo que no lo hagamos. Solo digo que es una puta mierda.
– Pues venga.
Carlos respira hondo y mira a Manu. – Me debes una, hijo de puta. – Abre la puerta del coche y sale a toda prisa. Se acerca a la ventanilla rota y ve los ojos inyectados en sangre de “El Bundi”. El zombi pueblerino, se abalanza sobre la puerta y sale por la ventanilla, cayendo al suelo. Antes de que se ponga en pie, Carlos ya ha puesto pies en polvorosa y corre como alma que lleva al diablo a través de los campos de cultivo. El Bundi corre detrás de él, mientras emite horripilantes sonidos guturales. Un tío en gayumbos y un zombi dispuesto a darse un festín a su costa corriendo detrás de él. La situación sería bastante cómica si no fuese porque la vida de Carlos está en juego.
– ¡Vamos Manu, cabronazo!
Manu no puede oírlo. Está en la parte trasera del coche. Agarra el maletín con fuerza y limpia rápidamente con la escopeta los pedazos de cristal que antes formaban la ventanilla trasera y que con tan mala fortuna Carlos había desperdigado por el asiento.
– ¡Pero qué coño haces Manu! ¡Date prisa!
Cuando Manu ya considera el asiento más o menos desprovisto de cristales, tira la escopeta los más lejos que puede. Coge el bidón de gasolina y lo vuelca en el suelo, vertiendo la gasolina muy cerca del coche. “Madre mía, madre mía; menuda puta mierda de plan” piensa mientras ve el liquido desparramarse por el suelo. Echa un vistazo al coche: las dos puertas traseras abiertas y el bidón volcado.
– ¡Coronel Kurtz!
Al oír el grito, Carlos sale disparado hacía el coche evitando a duras penas al Bundi, que a punto está de darle caza. Manu se enciende un cigarrillo y agachado detrás del coche ve como “El Bundi” persigue al “cebo”. Carlos entra por una puerta y sale por la otra cerrándola a su paso mientras emite un rugido de rabia debido a la tensión. El zombi, que ha entrado en el interior del coche, aporrea el cristal, tratando de agarrar a Carlos y no se da cuenta de que detrás de él, Manu acaba de colocar el bidón de gasolina. Cierra de un portazo, dejando al zombi atrapado en el interior junto a un nuevo y explosivo compañero.
– ¡El pitillo! ¡El pitillo! – grita Carlos.
Manu lo arroja contra la gasolina derramada con la idea de que ésta prenda, pero lo único que sucede es que el cigarrillo se apaga.
– No se enciende – grita Manu.
– ¿¡Cómo!? ¡No me jodas!
Bundi está aporreando la ventanilla trasera intentando agarrar a Carlos y éste sabe perfectamente que no tardará en romperla.
– ¡Por tu padre, enciéndelo como sea! – grita histérico.
– ¡No puedo, se apaga todo el rato!
Carlos está a punto de mandarlo todo al garete y echar a correr, pero justo antes de hacerlo, Manu decide tirar encendido su preciado Zippo plateado haciendo que la mancha de gasoil prenda finalmente. Mientras esta prende, los dos muchachos corren todo lo que pueden dar de sí sus piernas alejándose del coche y gritando de felicidad.
Los gritos se convierten en aullidos de júbilo cuando finalmente y debido al fuego el taxi explota haciendo pedazos al que antes fue un amable campesino.
– El plan era una puta mierda, pero ha funcionado. – exclama finalmente Carlos en una explosión de júbilo.
– Ya te dije que funcionaría, muchacho. Lo que pasa es que ahora estamos bastante jodidos. Míranos. En ropa interior y sin medio de transporte.
– Tienes razón, pero era previsible. Mejor eso que acabar como el pobre Juan.
De pronto, Carlos parece recordar algo.
– Por cierto, ¿Por qué cojones has tardado tanto en coger el maletín? – le pregunta a su amigo.
– Estaba limpiando de cristales los asientos traseros.
– ¿Y por que coño tenías que limpiar…? Ah, vale… gracias, tío. –contesta mirándose a si mismo y verse semidesnudo.
– Bueno, larguémonos de aquí y busquemos alguna granja o algo. Con la explosión seguro que esto se llena de zombis.
Los dos echan a correr por uno de los caminos sin pensar demasiado en el rumbo que han tomado. El cansancio es ya tal que no pueden pensar en nada. Solo correr.
No pasa demasiado tiempo cuando Manu se para en seco haciendo parar también a Carlos.
– ¡Espera, Kurtz, mira eso! – le indica a su compañero.
Después de tantas calamidades, parece que al fin les sonríe la suerte. Quizá alertado por el ruido de la explosión, un Hammer del ejército español se divisa circulando a lo lejos.
Como si se tratase de dos náufragos en una isla desierta, los dos muchachos gritan agitando los brazos hacia el vehículo y éste parece advertir su presencia, ya que cambia su dirección hacia ellos.
Los dos jóvenes se abrazan saltando y gritando, hasta que Carlos se percata de un detalle.
– Mierda, Manu… ¿Cómo sabemos que realmente son militares? ¿Y si son carroñeros?
– ¿Que más da? Míranos. Estamos en calzoncillos. ¿Qué nos van a robar?
Manu acaba esa frase casi por inercia, ya que antes de hacerlo levanta el maletín a media altura mirándolo con cara de circunstancias.

Felices fiestas

•Diciembre 24, 2009 • Dejar un comentario

Desde descansico queremos desearos a todos unas muy felices fiestas.
Durantes estos días, vamos a tomarnos un descansico, pero queremos compartir con todos vosotros una nueva sección que hemos llamado Colabora con descansico, donde podréis proponer, aportar ideas y comentar todo lo que queráis de este blog.
Además, dentro de esta sección hemos incluido un apartado llamado Vuestras historias, donde iremos publicando aquellos relatos que nos vayáis enviando.

Felices fiestas a todos.

William Campbell

•Diciembre 15, 2009 • 1 comentario

William recorría aquel camino angosto sin motivación alguna. Era finales de Marzo y por aquellos parajes el frío de la mañana se dejaba notar en todos y cada uno de sus huesos.
Con sus cuarenta y cuatro años era de lejos el soldado más veterano de la 12ª brigada internacional que había llegado para combatir a los fascistas en la batalla de Guadalajara. Veterano de la gran guerra, vio en aquella lucha una buena oportunidad de poner fin a su triste vida y no dudo en alistarse, si se le podía llamar así al unirse a unas filas desprovistas de mandos o jerarquías.

Finalmente y después de varias semanas su unidad había sido obligada a retroceder ante el empuje del “Corpo Truppe Volontarie” italiano, acabando así con su ofensiva. William había salido una vez más ileso del último combate y cuando decidió que seguir adelante podría considerarse suicidio, desistió en la lucha como el resto de sus compañeros, dispersados en la retirada.

Hacía ya casi tres años desde la muerte de su hija Maggie a la edad de diez años y también de Eve, su esposa, en aquel terrible incendio en su granja de Alabama. Desde entonces, su única motivación en este mundo era precisamente el dejarlo. No sabía si era falta de valor o bien todo lo contrario, pero la opción del suicidio era algo que había descartado desde el principio. No estaba dispuesto a desperdiciar su vida, por desgraciada que fuera, dándole fin en una bañera de agua caliente tintada de rojo, en un motel de mala muerte.

Cansado ya de andar durante toda la noche, sus huesos suplicaban una tregua, por lo que decidió descansar sentándose en una gran piedra al borde del camino, justo debajo de la señal de un cruce. Antes de sentarse se fijó curioso en la señal, que marcaba Torija, Brihuega y Guadalajara. Aquellos nombres no le decían nada.
La niebla de la mañana se empezaba a disipar aunque muy lentamente. No perdía la esperanza de que alguna brigada nacional pasase por allí, sabiendo que difícilmente lo tomarían preso y mucho menos lo dejarían marchar. Debían ser cerca de las seis de la mañana, justo la hora en que hace casi tres años veía como su mujer pedía auxilio mientras las llamas quemaban su carne sin que él pudiese hacer nada por evitarlo. Lloró al recordarlo, como cada uno de los días que habían pasado desde aquello, aunque ya hacia tiempo que se había quedado sin lágrimas.

“Will”. Escuchó la voz suave y clara de Eve que le susurraba muy cerca de su oído mientras le tocaba el hombro de aquella manera que le hacía estremecer.
Al girarse la vio, pálida y blanca como la leche, su pelo de un negro más intenso que cualquier otro que jamás hubiese visto antes, tan tan negro como el color de sus ojos. No era Eve. No se parecía en nada a aquella chica pecosa de cabellos dorados de la cual seguía estando enamorado. Tan solo era una joven campesina que había sentido curiosidad de un soldado, el cual no podía identificar el bando con aquel uniforme tan extraño. El mismo uniforme que había utilizado años atrás lejos de aquellas tierras.

-         Señor. Aquí se va a helar de frío.

William no había aprendido ni una sola palabra de aquel idioma. Poco le interesaba. No formaba parte en ningún momento de sus planes en aquel país tan lejano.
La joven le preguntó repetidas veces del porque estaba sentado allí, sobre la guerra y sobre cual era el bando en el que luchaba, pero no fue capaz de sacarle más que algo parecido a una sonrisa.
El tacto de su mano, áspera por el trabajo del campo, distaba un mundo de la delicada piel de Eve. Aun así, sintió una sensación tremendamente cálida cuando le ayudó a levantarse y tiró de él.

-         Dios mío, está helado. Debe estar cansado y hambriento. Venga conmigo, la casa está cerca.

Embriagado por su dulce voz se dejo llevar por el camino. No se había fijado que dirección marcada por aquella señal era la que habían tomado, aunque a él eso poco le importaba.
La estancia era amplia, aunque muy humilde. Había una pequeña chimenea y la jovén la encendió todo lo rápido que pudo, después de haber hecho sentar al soldado en una silla que había colocado justo delante. William no podía dejar de mirarla mientras ella iba de un lado a otro.

-         Querrá tomar un baño y comer algo ¿verdad? Claro, ¿como no va a quererlo? Hará semanas que no se lava.

Extrañamente se sentía aliviado, algo que no sentía desde hacia mucho tiempo. Le parecía que las voces del pasado se habían acallado en aquel lugar.
Cuando se hubo repuesto del frío, disfrutó del baño prometido y comió en la mesa de la casa bajo la atenta mirada de la joven de ojos negros que le sonreía todo el rato. Al terminar, sus ojos cansados le delataron, por lo que la joven le ofreció dormir un rato en una de las habitaciones. El colchón, por llamarlo de alguna manera, era el más duro e incómodo en el que jamás antes se había acostado, pero le pareció digno de un rey después de semanas durmiendo en trincheras o en el raso.

Cerró los ojos lentamente contra su voluntad mientras miraba a aquella inocente criatura que le había dado tanta paz. Al cerrarlos por completo, ahí estaba Maggie, su pecosa princesa, pidiéndole que empujase más fuerte el columpio. “Hasta llegar a la luna, papi”.
Unos gritos en un idioma incomprensible le despertaron de repente. Justo cuando Eve preparaba su deliciosa limonada mientras él descansaba en el porche de su bonito rancho en su querida y lejana Alabama. Se levantó torpemente y bajó las escaleras que llevaban a la estancia principal de la casa con dificultad.

La joven campesina de pálida piel estaba en el suelo. Las lágrimas, mezcladas con la sangre que emanaba de su delicada y pequeña nariz contrastaban enormemente con el blanco de su piel y, por su puesto, el negro intenso de su pelo y ojos. Delante de ella, de pie, había un hombre aparentemente demasiado enclenque como para dedicarse a las tareas del campo, aunque ataviado como iba no dejaba lugar a dudas de que así era.
William entendió la situación rápidamente. El marido había llegado a su casa y había descubierto que su joven esposa había dejado entrar en su hogar a un completo desconocido. No contenta con eso, le había dado de comer en su mesa, le había preparado un baño en su bañera y por si fuera poco le había preparado una cama donde dormir. A saber que más le habría ofrecido aquella desvergonzada.

Los dos hombres se miraron sabiendo que aquello no podía acabar bien de ninguna de las maneras. La pareja era muy joven y aquel hombre podría ser perfectamente su hijo, pero en aquel momento la edad era lo de menos.

Al entrar a la casa había dejado su fusil apoyado en la pared, justo a las espaldas del marido despechado. William esperó paciente a que el joven moviese ficha. Quizá había llegado su hora. Quizá finalmente fuese aquel crío a sus ojos el que le diese el premio que tantos combates y noches en las trincheras no habían sido capaz de darle.
Después de lo que le pareció una eterna espera, el joven marido se decidió a coger el fusil y demostrar quien era el hombre de aquella casa, pero tantos y tantos días en el campo de batalla hacían que aquel no fuese un duelo justo. William clavó el mosquetón de su fusil, que siempre llevaba sujeto al cinto, en uno de los costados del chico mucho antes de poder llegar al arma. No le dio tiempo ni a protestar cuando, en un segundo movimiento, el filo ya había salido de su carne y se había colocado en uno de los lados de su cuello, recorriéndolo después de lado a lado y dejando que un manantial de sangre pintara una de las paredes de la estancia.

Por un instante aquella niña maltratada vio en aquel hombre a su salvador, pero rápidamente comprendió que realmente se trataba del asesino de su marido. Aterrorizada reaccionó como cualquier otra joven de su edad hubiese hecho; primero gritando y llamando asesino a William, para finalmente salir corriendo de la casa con el fin de pedir ayuda, aunque esto último no pudo llegar a realizarlo. El veterano militar la agarró al pasar por su lado, sin darle posibilidad alguna de escapar, abrazándola con fuerza y ofreciéndole las palabras más dulces que fue capaz de pronunciar, muy a sabiendas que ella no las iba a entender.

Desde el primer momento que lo vio en aquel cruce, la joven se había sentido atraída por el extranjero de una manera extraña, de una manera que no era capaz de comprender. Odiaba a su marido, con el cual le habían obligado a casarse y no debería sentir más que alivio por la muerte del que hacía más de un año había sido su verdugo, su carcelero.

Aun así, aquel hombre era un extraño y aunque estuviesen en medio de una guerra, no era más que el asesino de su marido. La diferencia física entre los dos hombres era evidente, así que era muy fácil pensar que podría haberlo reducido con un par de golpes, pero esa reacción había sido salvajemente desproporcionada y terroríficamente precisa.

A pesar de todo, a William no le costó mucho tranquilizar a la joven. Aquel hombre, callado hasta ahora, le había proporcionado en muy poco tiempo una paz que ningún otro hombre antes había conseguido o querido darle. No comprendía el porque las palabras incomprensibles de aquel soldado hacían que sintiese un calor que jamás había sentido antes. Ya no tenía miedo, todo estaba bien, todo estaba en calma.

Separó la cabeza del pecho del hombre y le miró dulcemente a los ojos con los suyos llenos de lágrimas aun. Sumisa y embriagada por sus palabras. Las palabras más bonitas que nunca antes hubiese podido imaginar, aunque no comprendiese su significado.
Así, de esa manera tan tierna, William notó, como tantas otras veces antes, como poco a poco la vida de aquella campesina se escapaba entre sus brazos, mientras clavaba su mosquetón en el delicado cuerpo de la joven. Pudo ver entonces en su cara la misma cara de sufrimiento que veía en Eve cuando quemó la granja con ella dentro, recordó en su rostro la misma expresión que vio en la preciosa cara de su princesa pecosa cuando la arrojó en aquel pozo. Una vez más, tuvo que contemplar aquellos ojos sin poder hacer nada al respecto.