Carroñeros. Cap 10. Tequila para Vincent & Jules

Andrés Soriano es un mafioso Barcelonés cuyo mayor merito es haber conseguido eludir magistralmente la cárcel durante muchísimos años. Después de un par de sustos jugando a los traficantes de droga decidió dejar el mundo de los narcóticos por asuntos menos llamativos. El contrabando de obras de arte, joyas y toda clase de objetos de gran valor no solo le reportaban una gran cantidad de dinero, además eran asuntos mucho más discretos y no tan prioritarios en las investigaciones policiales. Casi como afición, también era propietario de una productora de películas porno amateur y desde hacía unos años, a través de unos cuantos socios, decidió abrir una serie de clubs de alterne distribuidos por todo el territorio nacional. La cosa era que, previo pago, sus clientes podían tirarse a la rubia de “Mazinger X: pechugas fuera 2” o a la brasileña de “Las calientes aventuras de la garota de Ipanema”. Mauricio Martín era uno de estos socios y regentaba uno de los clubs, en concreto uno de la provincia de Cuenca con una curiosa historia detrás.

Martín tubo la genial idea de bautizar el club de alterne como H&M, en alusión a la conocida marca de ropa, pero cambiando su sentido a “Hombre y Mujer”. Absurdo, allá por donde lo mires. No contento con ello, quiso profundizar más y colocó un enorme cartel en la fachada, utilizando descaradamente el mismo tipo de fuente y color que los de la conocida marca, sin pasársele por la cabeza en ningún momento que aquello pudiera molestar a los señores de Hennes y Mauritz. Ahí estaba, el logotipo de H&M en la fachada de una casa de putas, perfectamente visible desde la A3 Valencia-Madrid a la altura de Tarancón.

No tardó demasiado tiempo en llegarle la citación al juzgado con la pertinente denuncia, pero Martín era una persona bastante arrogante y no tenía intención alguna de cambiar aquel cartel. Además, le había costado una pasta.

Ante la insistencia de Andrés Soriano que no quería tener problemas por algo tan absurdo como dos dichosas letritas, optó por una solución intermedia: se limitó a girar la letra M haciendo que el club pasase a llamarse H&W.

Todo este lio hizo que el local adquiriera cierta fama y fue bastante frecuentado por los camioneros que hacían aquella ruta, así como por un amplio número de lugareños o gente que simplemente “pasaba por allí”.

En la actualidad, el local hace días que ha echado el cierre. Ya no hay rastro ni de Martín ni de las chicas. En un cartel colgado en la puerta se puede leer “cerrado hasta fin del contagio”, dejando un hilo de esperanza a que la terrible plaga termine algún día y a que aquel lugar vuelva a dar servicio a toda su legión de admiradores.

Nadie diría, viendo el interior del local, que hace unos días Alberto el camionero había desatado el pánico mordiendo a Ivana, una de las fulanas, con más fuerza que la de costumbre. Detrás de la barra aún hay botellas de todo tipo. Hay una barra americana, sofás, mesas y un Jukebox con CDs en vez de viejos vinilos; y todo esta tan perfectamente ordenado que uno puede pensar que el dueño del lugar cerró sin saber que aquél momento suponía la clausura definitiva del H&W.

El estruendo de la ráfaga de un fusil de asalto G36 rompe el silencio del interior del club llenando de agujeros la cerradura. Tras un golpe seco intentando sin éxito echar la puerta abajo se escuchan algunas carcajadas.

- Mierda. ¡Joder, que daño!
- Te jodes cabronazo. Llevamos corriendo todo el día por tu puta culpa.

Una nueva ráfaga hace saltar por los aires el bombín de la puerta y tras una patada la puerta se abre y cuatro figuras entran en el lugar empapadas por la incesante lluvia del exterior. El fortachón de Nick ha abierto la puerta de par en par y los otros tres jadean detrás suyo rebozados en barro, sangre y agua de la lluvia. Aún se ríen de la patética actuación de Carlos y se apresuran en asegurar la puerta como buenamente pueden.

- Podrías ayudar un poco más, Manu.
- Mira, Coronel Kurtz, cuando YO vuele por los aires un puto VAMTAC, podrás echarme algo en cara pero mientras tanto… – Un codazo de Lisa da con las costillas de Manu interrumpiéndole – ¿Pero qué coño…?

Y es que, sentados al fondo del local hay dos hombres con pinta sospechosa tomando una copa tranquilamente. Visten con traje, y están tan aseados que, si uno no viera lo desgastado de sus ropas, podría pensar que llevan ahí sentados desde hace días, ajenos al horror que acontece en el exterior del puticlub, tomando tequilas y charlando sobre la vida. Ambos empuñan dos automáticas que ya apuntan a alternativamente las cabezas de Manu, Nick, Carlos y Lisa.

No parecen inmutarse cuando los cuatro hacen lo propio con sus armas. Al contrario, muestran una gran frialdad.

Nick, que se ha visto en situaciones muchísimo más jodidas que ésta, echa cuentas. Por la pinta de los dos sujetos diría que podrían abrirle un nuevo orificio sin pestañear y no lo han hecho. Si no lo han hecho ya, piensa; si no han apretado el gatillo cuando les han apuntado es porque no han querido, no por falta de pelotas. Así que, después de todo, ¿Qué peligro tienen dos tipos con pinta de mafiosos cuando fuera una niña vestida de comunión puede arrancarte las nalgas de un bocado?

- ¿Tequila? – Pregunta bajando el arma.
- ¡Qué demonios! Por supuesto. – Contesta uno de los hombres, el más joven, al tiempo que guarda su arma y abre la botella – ¡Sentaos!

Reticentes a la par que aliviados, todos bajan las armas. Olvidar las penas echando un trago les parece a todos una idea cojonuda después de este más que estresante día. Manu se cuelga el subfusil al hombro y agarra unos cuantos vasos al otro lado de la barra, mientras Carlos, dubitativo, acerca sillas a la mesa y se sienta. El mafioso más joven increpa a Lisa que se ha quedado atrás viéndolas venir.

- Siéntate a tomar una copa con nosotros, preciosa. No me seas… – Y con el dedo dibuja un cuadrado en el aire, que hace que el otro mafioso apriete los dientes. –. Hemos dormido en una cama de verdad después de no sé cuantos días. Sorprendentemente hay agua corriente, así que, luego podéis ducharos y asearos si queréis. – Dice guiñándole un ojo – Pero ahora… ¡A beber!

Manu y Nick son los únicos que parecen haberse calmado de los cuatro compañeros y rellenan sin preocupación sus vasos haciendo rebasar el tequila reposado. El más maduro de los dos matones, el último de todos que guardó el arma, aún no ha abierto la boca y mantiene un gesto serio. Su nombre es Vicente. Un tipo de unos treinta y cinco años. Viendo su cara de tipo duro, es difícil imaginarlo haciendo otra cosa que no sea pegar tiros. A sus facciones muy marcadas las adorna un bigote largo y perfectamente recortado, que le da un aspecto aún más rudo.

Su compañero, que no deja de hablar en ningún momento y que ha empezado una conversación distendida con los desconocidos, se llama Jaime. No llega a los treinta. Moreno, un poco más bajo que Vicente y con un gusto pésimo, por lo menos en lo que a peinados se refiere, como indica su casposa media melena peinada hacía atrás.

- He de deciros que no hacía falta una entrada tan espectacular. Debo reconocer que ha sido muy impresionante, pero la puerta estaba abierta.
- Lo siento – Contesta Carlos cabizbajo.
- Perdonad –Le sigue Manu dándole una colleja a Carlos- Pero por culpa de este capullo nos hemos quedado sin coche y llevamos todo el día andando bajo la lluvia. No tenemos la cabeza para ecuaciones ni hostias.
- La verdad, si no fuese por esta belleza de mujer, os hubiésemos pegado un tiro nada más entrar. Pero, coño, no tiene importancia. – Contesta Jaime. – Creo que es evidente que no sois militares, así que, decidme ¿Qué hacen por estos lares unos tíos como vosotros, vestidos así y con subfusiles que apenas saben utilizar?
- ¿Qué coño de pregunta es esa? ¿Cómo que qué hacemos por estos lares? – dice bruscamente Manu.

Después de un silencio tenso en los que ha podido percibir como se le hinchaban las pelotas a Vicente, Carlos hace el gesto de empezar a hablar, y exactamente de la misma forma que ocurrió en el bar de Pepe en la Alberca, Manu le interrumpe y toma la alternativa. A Jaime no se le escapa este detalle y levanta una ceja.

Manu explica, obviando detalles, que llevan huyendo de la horda de zombis desde el inicio del contagio. Omite claramente las alusiones al taxi, los diamantes, la Alberca y se agarra a la versión ya utilizada tiempo atrás en la que vienen de Valencia. Quizá a estas alturas no debería tener sentido ocultar todo lo que les ha pasado, pero algo le dice que es mejor prevenir. Le gustaría poder ocultar también su paso por la base militar, pero debido a sus vestimentas no le queda más remedio que explicar esa experiencia sin dejarse nada bajo la manga. Hay que decir que exagera toda la historia, dejando claro que todo lo que él había hecho estaba bien y todo lo que había hecho Carlos estaba mal. Y Carlos, sin poder contenerse, le discute todo el tiempo y ambos se enzarzan una y otra vez en discusiones absurdas sobre quien había tenido tal idea o quien había matado a este o a aquel zombi.

- Es curioso. –interrumpe Jaime, posando un dedo en su barbilla- Dices que sois valencianos, pero no reconozco ese acento. ¿Exactamente de qué parte de Valencia sois?

Manu no se esperaba esa apreciación por parte de un matón de poca monta. Ni se le pasaba por la cabeza que alguien pudiese dudar de su historia, y mucho menos por algo como su acento. Piensa rápido una respuesta, aunque finalmente no le hace falta, ya que Vicente, rompiendo por primera vez su silencio, le echa un cable.

- ¿Pero qué mierda de pregunta es esa, Jaime? ¿Puedes dejar de preguntar gilipolleces?
- ¿No os suena? – Contesta Jaime riendo – Eso sale en Malditos Bastardos. ¿De verdad que no os suena? ¡Inglorious Basterds!

Vuelve el silencio, y Vicente, resoplando, llena seis vasos de tequila. Cada uno coge el suyo, menos Lisa.

- ¿Tú no bebes, nena? – Pregunta Jaime.
- No. No me gusta el tequila sin sal y lima.
- ¡Pues bebe otra maldita cosa! La barra está llena de bebidas. Díselo tu Vincent.
- Te he dicho que no me llames Vincent.
- No. No quiero. De verdad. – Contesta Lisa en un tono más serio.
- Vamos, joder. Bebe con nosotros.
- ¿No lo has oído? Te ha dicho que no. – Contesta Manu aún más serio.

Lisa, para evitar el conflicto contesta que está bien. Se levanta y se dirige hacia la barra sin que Jaime pierda detalle de su contorneado trasero. Agarra una botella de ron y una vez de vuelta llena su vaso y lo degusta de mala gana. De mala gana, no porque no le guste el ron, si no porque ese en concreto le parece el peor ron que ha probado en su vida.

La conversación va perdiendo sentido mientras pasan los minutos y el alcohol deja notar sus efectos en cada uno de los presentes.

- Por cierto –Exclama Jaime, dando a entender que va a introducir un nuevo tema de conversación- Me gustaría saber que opina una chica norteamericana sobre un tema algo delicado.
- Dispara. – Dice Lisa, un poco harta ya.
- Es sobre los masajes en los pies. ¿Crees que el hecho de tocarle los pies a una mujer, o darle lengüetazos en su sagrado agujero es el mismo juego? Yo creo que no. No es la misma liga, ni siquiera es el mismo jodido deporte. Para mí, un masaje en los pies no significa un carajo.
- ¿Le darías un masaje en los pies a un hombre? –Se adelanta Manu.
- ¡Joder! – Jaime echa un trago y, tras fruncir el ceño, coge aire – ¡Joder! ¡Sí señor! ¡Ahí me has pillado! – Contesta mientras llena los vasos por enésima vez- ¡Vete al cuerno!

Todo esto hace que Vicente resople mientras se echa las manos a la cara. Lisa apenas ha entendido la pregunta pero, riéndose, hecha un trago a su copa. Carlos sin venir mucho a cuento y debido a su poca tolerancia al alcohol, empieza a darle golpecitos en el hombro a Vicente para llamarle la atención.

- Oye, oye, oye, espera, espera… Vosotros no nos habéis dicho que estáis haciendo aquí. Quiero decir. Estabais ahí sentados los dos. Como si nada. Los dos ahí sentados. Tomando unas copas. ¿Sabes? ¿Es un poco raro, no? ¿No sabes? Los dos sentados. Tomando copas. Como si todo esto de los zombis no hubiese ocurrido nunca. COMO si no HUBIESE ocurrido nada. Lo que quiero decir es ¿Qué carajo estáis haciendo aquí? ¿No sabes?

Manu mira avergonzado a su amigo a través del vaso que acaba de descargar en su garganta, y sin saber porque, intuye que esa pregunta no ha sido para nada afortunada, así como los insistentes golpecitos en el hombro a un cada vez visiblemente más tenso Vicente. A Jaime no parece importarle, ni la pregunta ni la naciente borrachera de Carlos y, después de buscar la aprobación en la cara de su compañero comienza a contar su historia.

Días antes, Vicente conducía un BMW 325 negro del 2002 por una carretera secundaria cerca de Reus. A su lado Jaime tarareaba Misirlou en voz baja mientras disfrutaba del paisaje y de los primeros rayos del Sol de la mañana a través de su ventanilla.

- ¿Tú crees que vamos a encontrarle, Vincent? – Le preguntó a su compañero.- A saber donde se habrá metido.
- Te he dicho que no me llames así, y no, no lo sé, pero hemos de seguir buscando. ¿Cuántos taxis de Barcelona crees que pueden haber circulando por aquí dadas las circunstancias?
- Tampoco sabemos si ha cambiado de coche.
- ¿Y qué quieres que te diga? Vamos a seguir buscándole y punto.

El silencio de Vicente era suficiente respuesta para dar a entender que no tenía intención de discutir sobre eso, así que se limitó a subir el volumen del reproductor, donde sonaba una versión del Introutius Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart, lo que animaba a Jaime a cerrar los ojos en contra de su voluntad.

- No sé cómo te gusta esta música. Esto aburre a un muerto.
- Esto es un puto clásico de Mozart, chaval. –Contestó Vicente, molesto ante esa apreciación- No tienes ni idea de música. Y me refiero a música de verdad.
- Seguramente. ¿Sabes, Vincent? Seria genial que me llamases Jules en vez de Jaime.

Un frenazo interrumpió la conversación. Frente a ellos, unas curvas más allá, podían ver un furgón de seguridad, empotrado contra la pared de la montaña. La parte trasera estaba abierta y algunos billetes volaban empujados por la brisa matutina.

- ¿Qué hacemos, Vincent? – Preguntó Jaime mientras sacaba de su chaqueta una Smith & Wesson y la amartillaba.
- Me tienes hasta los cojones con lo de “Vincent”. Vamos a acercarnos poco a poco a ver.

Hizo avanzar el BMW de manera muy lenta, luciendo ahora en su mano derecha una Glock 17. Al acercarse pudieron ver claramente el furgón accidentado, así como varios cuerpos tirados en la calzada. Cuando ya estuvieron muy cerca, Vicente le hizo un gesto a su compañero y ambos saltaron del coche y con sus armas por delante.

Pronto comprobaron que no había peligro alguno. La escena era exactamente la que Juan, Carlos y Manu habían dejado tras de sí el día en que mordieron a Juan.

- ¿Pero qué coño ha pasado aquí? – Exclamó un sorprendido Vicente- Esto es una puta carnicería.
- Mira. Al “segurata” éste le han metido un tiro y a ese otro le han triturado la cabeza. Putos enfermos.

Vicente se acercó a su compañero para comprobar que efectivamente estaba en lo cierto. Mientras Jaime se llenaba los bolsillos con los billetes esparcidos, Vicente fijó su vista un momento en la mitad del cuerpo que asomaba de debajo del furgón.

- ¡Me cago en la puta! ¡Es el gordo! – Exclamó finalmente.
- ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Eso es el marica?
- Te digo que es él. – Contestó Vicente mientras examinaba los restos.
- ¿Si es el gordo, donde coño está el taxi?

Dos días más tarde, el perfecto bigote largo de Vicente había dejado paso a una irregular barba. Jaime era el que conducía ahora, con su media melena alborotada, hablando y no dejando dormir a su compañero.

- Te lo digo. Estoy hasta los huevos de este curro. ¿Cuántos días llevamos detrás del puto taxi?
- Te lo he dicho mil veces. Solo llevamos tres días… y déjame dormir un rato.
- A mí me parecen tres años. Por cierto, Vincent ¿Sabes como llaman en Francia al cuarto de libra?
- Ni lo sé ni me importa. Me importa un carajo lo que opines de Superman, de Madonna, de pollas y de lo mucho que te gusta la palabra “colosal”. Como sigas con esa mierda te pego un tiro. Juro por Dios que te pego un tiro.

Unas cuantas curvas más adelante, un todoterreno azul se dirigía hacia ellos. Pararon el BMW, bajaron del vehículo e hicieron gestos al conductor para que detuviera la marcha. Éste hizo caso de la advertencia y se detuvo al lado de ellos.

- Lo siento, pero no podemos ayudarles. Apenas nos queda gasolina y mi hija está muy enferma. No nos hagan daño por favor.
- No se preocupe. –Le contestó Jaime- No necesitamos su ayuda, tenemos gasolina de sobra. De hecho, si quiere podemos prestarle algo.
- ¿De verdad? Muchas gracias. – Le contestó casi llorando de alegría mientras bajaba del todoterreno.

Mientras Jaime sacaba del maletero un pequeño bidón de plástico y un tubo de goma, y lo acercaba a los pies del hombre, Vicente le explicó que llevaban varios días viajando tras la pista de un taxi de Barcelona.

- Verá, se trata de gente muy peligrosa. ¿No habrá visto un vehículo de esas características por aquí?
- ¡Claro que lo he visto!

Les contó entonces su encuentro con los tres jóvenes. Hizo una descripción lo más detallada posible de los tres ocupantes y les explicó cómo le habían extorsionado y robado, a su manera de ver, por unos míseros litros de gasolina.

Los dos matones se miraron. Vicente le hizo un gesto a Jaime, se retiraron unos metros e iniciaron una conversación en voz baja que el dueño del todoterreno fue incapaz de entender a la distancia. Pensó que serian policías de la secreta o algo por el estilo, así que no quiso interrumpirles. Se fijó en el bidón de plástico y lo agarró notando que podía levantarlo sin ningún tipo de esfuerzo. El bidón estaba vacío. Extrañado, se atrevió a interrumpirles.

- Perdonen, pero el bidón está vacío.

Vicente giró la cabeza hacia el hombre, sacó el arma de su chaqueta y le asestó un par de disparos a sangre fría que le hicieron caer a plomo al suelo. Dentro del todoterreno, su esposa comenzó a gritar horrorizada.

- Mételes un par de tiros mientras yo vacio el depósito. –Le indicó Vicente a Jaime.
- No, no, no. Yo tengo mis principios, tío. No soy un matón de poca monta. Yo soy un profesional ¿Entiendes? UN PROFESIONAL. “Ni niños ni mujeres”. Esa es mi regla. Así que si quieres que me los cargue te vas a tener que joder y…

A estas alturas Vicente estaba bastante cansado ya de las tonterías de su compañero, empeñado en emular a todas horas a personajes sacados de las películas de cine negro como Reservoir Dogs o Pulp Fiction. Se acabó el grito de la mujer y la enfermedad de su hija. Dos balas, que pasaron silbando muy cerca de Jaime, bastaron para hacerlo.

Ya había pasado un día de aquel incidente y Jaime seguía todavía enfadado por lo sucedido; no por lo de la mujer y la niña, si no porque según él, Vicente le podría haber volado la cabeza. Estaba amaneciendo, Vicente trataba sin éxito de sintonizar algún canal de radio para informarse del estado de la crisis de los muertos vivientes cuando divisaron un cartel en un cruce que indicaba la entrada a un pueblo llamado la Alberca del Palancar. Jaime frenó bruscamente.

- Será mejor que volvamos a la carretera principal y volvamos a Barcelona; con suerte aún podemos salir del país. Vayámonos a México, Vincent, y olvidemos toda esta mierda.
- No creo que podamos salir del país ya.
- En cualquier caso, estando las cosas tan jodidas, no sé qué sentido tiene seguir buscando a esos tipos… Incluso si terminásemos el trabajo, probablemente Don Andrés ya sea un zombi.
- ¿Y qué hacemos si no? ¿Nos montamos un chalet en la Costa Brava? Mantengamos los objetivos, Jaime. Cuando veo a toda esa gente pudriéndose al Sol, desesperados por comer carne fresca… Solo me anima encontrar a esos hijoputas, reventarles la cabeza a tiros y volver a Barcelona con la mercancía. Mantengamos los putos objetivos, Jaime.

Después de reanudar la búsqueda, cuando ya estaban rodeando la Alberca, vieron como dos jóvenes corrían cuesta abajo por la carretera de acceso al pueblo. Se sorprendieron mucho al ver que los jóvenes iban en ropa interior. Uno de ellos portaba unas escopetas de caza y el otro, con una boina en la cabeza, portaba un bidón que apenas le dejaba correr. Los siguieron con la vista hasta que se introdujeron entre unos arbustos.

- ¿Pero qué coño está pasando ahí? – Exclamó un perplejo Vicente.

No pasó demasiado tiempo cuando vieron salir del pueblo un todoterreno bajando a toda velocidad la misma carretera por donde habían bajado los dos jóvenes. Cuando el todoterreno estaba a punto de llegar a los matorrales en los que los dos jóvenes habían desaparecido, salió de ellos un taxi de Barcelona derrapando a toda leche.

Los mafiosos se miraron con los ojos como platos, y pegando un volantazo, Jaime hizo que el ya polvoriento BMW volase por la comarcal.

- Aunque nos sacaban mucha ventaja, intentamos seguir al taxi pero se nos escapó.
- Eso no sería así si no hubieses insistido en parar. – Le rebate Vicente.
- ¿Cómo iba a saber yo que las marcas en el suelo eran del todoterreno y no del taxi? Vincent ¿Has oído la filosofía de que cuando un hombre admite que se ha equivocado de inmediato se le perdonan todos sus pecados? ¿Habías oído eso?
- Déjalo correr, tío, te lo digo, deja esa mierda de hablar como en una película de Tarantino o te meto un tiro.
- En fin. Días más tarde encontramos el taxi calcinado y sin rastro del maletín que buscábamos. Me permitiréis obviar el contenido del maletín ¿verdad? “Yo me llamo Jules, y eso no es asunto mío.”
- Me estás poniendo enfermo hablando de esa manera.

Manu hace rato que no sabe qué cara poner. Está bloqueado sin reaccionar y traga la saliva que lleva acumulando desde que los mafiosos han empezado a hablar del taxi de Barcelona. ¿Los habrán descubierto? Por fin reacciona, tragándose dos vasos de tequila en un santiamén. Lisa empieza a atar cabos uniendo la historia de los mafiosos a la que le han contado Carlos y Manu, y a cada cabo que ata su cara se va poniendo cada vez más rígida. A Carlos le hace mucha gracia la situación. Los efectos del alcohol hacen que las situaciones de tensión le parezcan graciosas y se parte de risa.

- ¿Qué os pasa? Os noto tensos. – Dice Jaime.

El silencio es incomodo, aunque quizás habría que buscar un adjetivo más apropiado. Para Manu la tensión es más que masticable. Se podría decir que le acumula en la boca como un polvorón en pleno Agosto. Lisa tampoco está precisamente calmada y no se atreve ni a respirar. Nick no se ha enterado de nada, pero percibe claramente que algo no marcha bien y mantiene su copa en el aire. Carlos por su parte es el único que parece no darse cuenta de la situación y sigue riendo despreocupadamente.
Lo que no sabe Manu es que todas estas preocupaciones que perturban su alcoholizada cabeza no tienen fundamento alguno. No tiene ni idea, pero ya no tiene que preocuparse de todo eso, ya que Carlos se va a encargar de solucionarlo.

- Eh, eh, eh, eh – exclama Carlos completamente borracho- A ver, se que tu amigo se llama Vincent, pero tú no sé cómo has dicho que te llamas. ¿Jules o Jaime?
- “Me llamo mulo, pero hablando no podrás salvar tu culo” – Contesta riéndose del joven – Es broma. Me llamo Jaime, pero me gustaría que me llamarais “Jules”.

Vicente pega un manotazo en la mesa visiblemente cabreado.

- Muy bien. ¿Sabes una cosa muy graciosa, Jules? – Articula Carlos como puede mientras saca la boina del Migue de uno de sus bolsillos y se la coloca en la cabeza.- ¿A que no sabes quienes eran los dos piraos que salían corriendo del pueblo?

Jaime, rojo como un tomate y con la S&W en la mano, tambaleándose debido al alcohol, se levanta exaltado.

- ¡Todo el mundo al suelo! ¡Y como algún jodido capullo se mueva, me cago en la leche, pienso cargarme ¡¡¡HASTA EL ÚLTIMO DE VOSOTROS!!!

BANG BANG BANG BANG

4 Respuestas a Carroñeros. Cap 10. Tequila para Vincent & Jules

  1. keep on. El inicio me ha enganchau.

  2. Este no me ha gustado, lo siento chicos. Quizá el último Carroñeros dejó el listón muy alto..

  3. Van a morir todosss !!

  4. Para cuando más material!!! Tenéis abandonados a vuestros lectores! xD

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