Ayer me disponía a hacer una historia en base a esa idiota y creo que conocida leyenda urbana que trata sobre reunir miles de tapones de botella. El motivo de tal hazaña no es otro que conseguir canjearlos por una silla de ruedas para un pobre niño discapacitado.
Podéis cambiar la silla de ruedas por una carísima operación de cirugía en Houston o por una prótesis biónica de última tecnología. La cuestión es que mi historia narraba la difícil situación de un multimillonario que se veía obligado a ofrecer grandes recompensas económicas, incluso carísimas prótesis o sillas de ruedas, con tal de recibir toneladas de tapones de botella de color azul. Azul claro preferiblemente. La gracia debía residir en que, para este personaje, los tapones de plástico se habrían convertido en una surrealista parafilia y sentía el irrefrenable deseo de poseer cada vez más tapones para conseguir alimentar la llama de su lujuria.
Todo esto no iba a ser más que una burla sobre esta absurda leyenda urbana, y digo absurda porque siempre me he preguntado quién sería el hijo de puta que como condición para ayudar a un niño con parálisis cerebral exija a sus padres cincuenta toneladas de tapones de plástico azules.
Pero todo se vino abajo con la primera búsqueda en google.
Buscando información sobre esta leyenda urbana por Internet me encuentro para mi sorpresa con que, supongo que ya lo habréis podido imaginar, NO se trata de una leyenda urbana.
Repito, NO se trata de una leyenda urbana.
No quiero confundiros, ni que penséis lo que no es. En realidad no existe ese hijo de puta que chantajea a parapléjicos por preciosos tapones de botella azules. La realidad es que hay empresas donde reciclan estos tapones y que, por ejemplo, por llevar treinta y cuatro toneladas de tapones (aquí no importa si son azules o no) te sueltan ocho mil euros.
Treinta y cuatro toneladas.
Estamos hablando de cifras importantes, eh.
Son muchos tapones por reunir y no puedo evitar que me venga a la mente el mito de Sísifo y su interminable castigo en el Tártaro. Pero no desesperéis amigos, ya que por suerte hay gente tan solidaria que da donaciones de kilos y kilos de tapones a las familias que lo necesitan. Por dinero no lo sé, pero por lo que se dice tapones de plástico la gente es de lo más solidaria. Por lo menos espero que las donaciones se produzcan de manera escalonada. ¿Os imagináis que panorama despertar un día y verte en tu casa con treinta y cuatro toneladas de tapones? Me viene a la cabeza la imagen del Tío Gilito nadando en su dinero, solo que en vez de monedas de oro son tapones azules.
Y cuando ya tienes más que suficientes y lloras de alegría tratando de dar las gracias a esos buenos samaritanos que aguardan sonrientes tus palabras, siguen llegando más y más tapones.
Me lo imagino y no puedo evitar sonreír.
¡Por Dios!
Todos esos tapones reunidos. Chocando entre sí, apelotonados. Con ese sonidillo tan característico que emiten al chocar. Con ese sabor a plástico que te hace salivar cuando los tienes en la boca. Con esa textura al morderlos. O cuando te hacen sangrar las encías por el roce de las pequeñas aristas del cierre de seguridad. Tapones azules de botellas, de garrafas… de garrafas para dispensadores de oficina… Poder nadar en ellos… sí…
Tapones azules…
Es por eso, por los tapones azules, que hago un llamamiento a esas personas solidarias que reúnen tapones azules. Quizá el motivo no sea tan noble como ayudar a un niño, el de los tapones azules, pero yo también estoy necesitado de tapones azules.
Necesito esos tapones azules.
Muchos tapones azules.
¡NECESITO ESOS MALDITOS TAPONES AZULES POR EL AMOR DE DIOS!
Podéis cambiar la silla de ruedas por una carísima operación de cirugía en Houston o por una prótesis biónica de última tecnología. La cuestión es que mi historia narraba la difícil situación de un multimillonario que se veía obligado a ofrecer grandes recompensas económicas, incluso carísimas prótesis o sillas de ruedas, con tal de recibir toneladas de tapones de botella de color azul. Azul claro preferiblemente. La gracia debía residir en que, para este personaje, los tapones de plástico se habrían convertido en una surrealista parafilia y sentía el irrefrenable deseo de poseer cada vez más tapones para conseguir alimentar la llama de su lujuria.
Todo esto no iba a ser más que una burla sobre esta absurda leyenda urbana, y digo absurda porque siempre me he preguntado quién sería el hijo de puta que como condición para ayudar a un niño con parálisis cerebral exija a sus padres cincuenta toneladas de tapones de plástico azules.
Pero todo se vino abajo con la primera búsqueda en google.
Buscando información sobre esta leyenda urbana por Internet me encuentro para mi sorpresa con que, supongo que ya lo habréis podido imaginar, NO se trata de una leyenda urbana.
Repito, NO se trata de una leyenda urbana.
No quiero confundiros, ni que penséis lo que no es. En realidad no existe ese hijo de puta que chantajea a parapléjicos por preciosos tapones de botella azules. La realidad es que hay empresas donde reciclan estos tapones y que, por ejemplo, por llevar treinta y cuatro toneladas de tapones (aquí no importa si son azules o no) te sueltan ocho mil euros.
Treinta y cuatro toneladas.
Estamos hablando de cifras importantes, eh.
Son muchos tapones por reunir y no puedo evitar que me venga a la mente el mito de Sísifo y su interminable castigo en el Tártaro. Pero no desesperéis amigos, ya que por suerte hay gente tan solidaria que da donaciones de kilos y kilos de tapones a las familias que lo necesitan. Por dinero no lo sé, pero por lo que se dice tapones de plástico la gente es de lo más solidaria. Por lo menos espero que las donaciones se produzcan de manera escalonada. ¿Os imagináis que panorama despertar un día y verte en tu casa con treinta y cuatro toneladas de tapones? Me viene a la cabeza la imagen del Tío Gilito nadando en su dinero, solo que en vez de monedas de oro son tapones azules.
Y cuando ya tienes más que suficientes y lloras de alegría tratando de dar las gracias a esos buenos samaritanos que aguardan sonrientes tus palabras, siguen llegando más y más tapones.
Me lo imagino y no puedo evitar sonreír.
¡Por Dios!
Todos esos tapones reunidos. Chocando entre sí, apelotonados. Con ese sonidillo tan característico que emiten al chocar. Con ese sabor a plástico que te hace salivar cuando los tienes en la boca. Con esa textura al morderlos. O cuando te hacen sangrar las encías por el roce de las pequeñas aristas del cierre de seguridad. Tapones azules de botellas, de garrafas… de garrafas para dispensadores de oficina… Poder nadar en ellos… sí…
Tapones azules…
Es por eso, por los tapones azules, que hago un llamamiento a esas personas solidarias que reúnen tapones azules. Quizá el motivo no sea tan noble como ayudar a un niño, el de los tapones azules, pero yo también estoy necesitado de tapones azules.
Necesito esos tapones azules.
Muchos tapones azules.
¡NECESITO ESOS MALDITOS TAPONES AZULES POR EL AMOR DE DIOS!
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