Chulazo

Los engranajes de la compleja maquinaria habían empezado a girar. Llevaba solo un par de días en la oficina y ya se había erigido como el principal objetivo de Luís. Al menos en el objetivo de ese mes.
Alta, rubia con el pelo largo y lacio, exuberante y, anecdóticamente, con los ojos verdes. Raquel, la nueva recepcionista de la empresa se había convertido nada más llegar en objeto de los más lascivos y oscuros pensamientos de la gran mayoría de empleados de la oficina. Siendo fieles a la realidad, era una bella y exótica flor en medio de un enorme campo de cardos y nabos.

Consciente de ello, regodeándose de esa condición, Raquel exhibía gustosa sus atributos, ensalzándolos con escotes imposibles y faldas peligrosas. No menos peligrosas que los tacones que enaltecían su esbelta figura y que harían sudar a James Stewart mucho más que en la famosa película de Hitchcock. Carne de cañón para Luís y enemiga acérrima de las pocas féminas de la oficina quienes ya le llamaban “la zorra” a sus espaldas. “La guarra” con la mirada.
Como decíamos, la maquinaría ya se había puesto en marcha. Un par de preguntas, búsqueda en la red social por excelencia, correo persuasivo y modo tonteo en el chat de turno. Luís ya conocía a Raquel mucho más que el responsable de recursos humanos. Una semana. Tiempo record.
Después de un interrogatorio pasivo, se había decantado por el plan de acción número diecisiete. Las características socio-culturales de la presa objetivo eran ideales para el diecisiete. Un plan de acoso y derribo en modo escaramuza. Nada sofisticado. Sin rodeos. Directo al grano, sexo esporádico, explícito y sin tapujos, seguramente en algún oscuro callejón o en su defecto en el asiento trasero de su magnífico BMW. Pensó que sería mejor en el callejón, ya que hacía poco que había limpiado la tapicería de piel. Demasiado fácil, pero a Luís no le preocupaban los retos, o al menos no era condición indispensable.
Dado su plan, ya tenía reserva en el Eros. Un sofisticado restaurante con un ambiente propicio para escarceos subidos de tono. Luces tenues, música sugerente y mesas estratégicamente colocadas para no molestar ni ser molestado, salvo en las contadas visitas del camarero de turno. Ideal para los juegos bajo la mesa en los que Luís es un renombrado experto.
Aun así, el último mail de Raquel le hizo cambiar de idea. “He pensado en tomar algo primero, para ponernos a tono, y luego una cena en mi casa con un postre muy especial”. Solo leer ese mensaje y Luís ya se había puesto caliente. Estaba claro que Raquel era de las que no les gusta andarse con rodeos. Se iba a ahorrar una serie de pasos básicos en el manual de supervivencia del chulazo. Una casa da mucho más juego y amplía las posibilidades de un callejón, eso por descontado. Hasta podría echarse un sueñecito y una ducha antes de largarse a su casa. Un plan perfecto.
Descomunal le pareció la imagen de Raquel esperando en la parada del bus. Podría haber sido previsible que, siendo tan poco recatada en la oficina, fuera a ser más extrema en la vestimenta en su tiempo libre, pero a Luís se le hacía difícil pensar que eso fuera posible. Justo hasta ese instante.
El vestido rojo de la chica, puramente testimonial y escaso en tela, le dio incluso algo de apuro al chulazo. Todo el que pasaba cerca de la parada se quedaba mirando a la chica, e incluso un par de jóvenes, montados en un viejo Ibiza del 96 redujeron la marcha para otorgarle el piropo más sofisticados que fueron capaces de idear: “Rubia, te comía to el pavo”.
A punto estuvo de acelerar la marcha y dejar allí a Raquel dada la vergüenza que le provocaba la situación, pero solo la imagen de lo que seguro le esperaba esa noche decidió por él. Alguien así de desinhibida no puede ser una mojigata en la cama. Cuando paró el BMW justo al lado pensó por un momento que seguramente ni llevaría puesta ropa interior, pero ese vestido no daba demasiado pie a la imaginación, con lo que enseguida pudo ver un diminuto tanga negro cuando la chica subió al coche.
Tardo un rato en encontrar aparcamiento, deleitándose en las piernas interminables de ese pedazo de hembra que llevaba en el asiento de al lado. Una vez aparcó, se dirigieron a tomar una copa en un bar cercano, aunque Luís ya estaba suficientemente a tono. Puso en marcha el piloto automático, en la modalidad de tonteo, y marcó en su gps la entrepierna de la chica como dirección de destino.
Generalmente el diecisiete funciona sin problemas. Este no era un diecisiete al uso. Era más bien una variante donde incluso se descartaban algunos inconvenientes y obstáculos predefinidos, pero a Luís le parecía que esta vez no daba sus frutos. Y la culpa no era del diecisiete, eso por descontado, era de Luís. No le desagradaban los planes fáciles, pero este plan era incluso demasiado fácil para él. Eso le desconcentraba. Eso y que todo el jodido bar no hiciese otra cosa que babear mirando a Raquel.
Uno de los camareros paseaba todo el rato cerca de la mesa donde estaban, sin motivo aparente y sonriendo sin disimular. Un grupo de adolescentes miraban en su dirección y reían, seguramente mientras comentaban las obscenidades que les gustaría hacer con la del vestido rojo. Una pareja discutía cerca de ellos, y es que él no paraba de mirar las tetas de la rubia vestida como una puta dos mesas más allá. Esa situación hacía que Luís no pudiese concentrarse y pronto su gps le avisó “dé media vuelta cuando pueda”.
Eso es lo que estuvo a punto de hacer. Dar media vuelta, idear una excusa rápida y largarse de allí. Pero Raquel se le adelanto y cogiendo su mano le susurro “bueno, ¿subimos a mi casa ya, o seguimos aquí haciendo el tonto?”
Cuando el ascensor empezó a moverse Luís ya no podía más. Apretó el botón de parada y arrancó la parte superior del escaso vestido rojo, mostrando unos prietos y generosos senos que llenaron su boca. Sin demora, y con bastante brusquedad, deslizó el minúsculo tanga hacia el suelo. Dio media vuelta a la chica, ahora con un semblante mucho más inocente y con las mejillas sonrojadas por la excitación, y la empujó contra la botonera del ascensor. A cada envestida del chulazo, los gritos de la muchacha ahogaban el estridente sonido de la alarma de emergencia que accionada sin darse cuenta, embriagada por la situación.
Todo esto pasaba por la mente de Luís mientras el viejo ascensor subía lentamente. Su cabeza le empujaba a parar el ascensor y hacer realidad sus pensamientos, pero su cerebro le decía que aquella no era buena idea. Se había mostrado demasiado frágil y nervioso en el bar, y de intentarlo cabía la posibilidad de ser rechazado. No es algo a lo que estuviese acostumbrado y necesitaba un tiempo prudencial hasta recuperar la situación de dominio. Hasta sentirse con fuerzas para abordar esa embarcación. Un par de copas de vino y demostraría quien era el jefe. Dejó pues de lado el deseo de su “cabeza”, que luchaba inquieto por escapar de su pantalón.
No habían pasado aun ni diez minutos desde que entraron en casa de Raquel y a él le parecía que llevaba una vida entera entre esas paredes. Todavía bastante confuso le costaba recordar cuándo y cómo había llegado a estar sentado a la mesa. Únicamente recordaba como un flashazo. Estado de shock es como se podría definir su sensación. Le habían prometido un postre muy especial. Una especie de sorpresa, pero no esperaba que la sorpresa llegase antes incluso de empezar la cena.
Sentía algo así como un velo que tapaba su mente. Como drogado por los efectos de un extraño narcótico que jamás había tomado o de un fuerte golpe en la cabeza que nadie le había propinado. Recordó rápidamente una de las escenas de la película de la matanza de Texas. Una de las últimas secuencias, donde la única viva de las víctimas se ve atada a una silla, como la invitada de honor de una macabra cena familiar. Una cena sazonada con desechos humanos, putrefactos en su mayoría, y donde todos los comensales competían entre sí para alzarse como el más demente y sicópata de la familia. Luís se sentía como aquella pobre chica.
Sentado a su lado, un fibroso y musculoso chico de unos veinte años le miraba desafiante. Llevaba una camiseta blanca sin mangas y una cabeza de cristo dorada adornando su pecho. Se mordía la lengua repetidas veces y levantando las cejas parecía enviarle un mensaje poco amistoso. Tan poco amistoso como los golpecitos que le propinaba con el codo de manera intermitente.
Justo en frente estaba sentada Raquel que le sonreía con complicidad, pero Luís solo podía fijarse en el chico sentado a la derecha de ella, de unos once años y con la cara llena de granos que no paraba de sonreír y de tocarse las partes pudientes mientras miraba de reojo a la chica.
Entre otras muchas preguntas, en este punto podría el lector pensar cómo podía Luís saber que es lo que hacía ese joven debajo de la mesa, y es que esa información se la dio otro de los asistentes. Una mujer de unos cincuenta años que dando un fuerte golpe con la mano extendida en la cabeza al niño acompañó la acción con un sonoro “deja de andar en los huevos que te vas a quedar ciego”.
La mujer era el estereotipo perfecto del ama de casa explotada. Rubia de pote. De pote malo. De pote barato de peluquería mala de barrio. Un rubio muy oxigenado con raíces negras de casi un palmo marcadas como con betún. De pie, al lado de la mesa, servía y rellenaba los platos de los comensales de tan especial cena. Quiso recordar entonces cual era el aspecto de la madre de leatherface en las diferentes versiones de la película, pero fue incapaz.
Todas estas personas no eran más que la madre y los hermanos de Raquel.
“Deja de tocar los cojones y déjame ver el partido en paz. Y tráeme una cerveza que esta se me ha acabado”. El padre de Raquel, un gordo y seboso cerdo incrustado en un viejo y roído sofá, no parecía muy interesado en el invitado y daba esta respuesta ante la insistencia de la madre que le instaba a la mesa: “Anda y deja el futbol, Manuel. ¿Qué va a pensar el novio de la nena?”
Vestido con ropa interior muy gastada, poco aseada y llena de lamparones, estaba más pendiente del resultado del partido de segunda división que retrasmitía una cadena local que en el nuevo novio de su chica.
Cuando la madre abandonó el comedor a buscar la cerveza de su marido, Raquel aprovechó para coger la mano del absorto Luís y le susurró: “Te dije que iba a ser una cena muy especial. Espera a ver el postre”. Un mensaje que apenas pudo escuchar por el nuevo golpe, esta vez mucho más fuerte, del fibroso hermano de la chica.
No eran unas cuerdas lo que ataban a Luís a la silla. Tampoco eran desechos humanos el menú de aquella cena. Aun así, deseó que la madre de Raquel apareciera de nuevo por la puerta, sierra mecánica en mano, y acabara con aquella bochornosa encerrona que le había hecho… su presa.
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Una Respuesta a Chulazo

  1. Mola! Sobre todo lo del campo de cardos y nabos xD

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