Claudia

Los últimos rayos de Sol languidecían detrás de las escarpadas montañas. Se había levantado un fuerte viento que gemía detrás de las ventanas y que traía el frío de las cumbres hasta la casa del pequeño valle. El portón se cerró con tanta violencia debido al viento, que despertó a Andrés de las pesadillas que habían estado atormentándole toda la tarde.

Andrés se había quedado dormido cuidando de Claudia, quien yaciendo junto a él, se revolvía entre las sábanas desnuda y empapada en un febril sudor.

- Me he quedado dormido, cariño. ¿Estás mejor?

La semana había empezado a torcerse desde el segundo día. La semana secreta de Andrés fastidiada por una maldita gripe: tan sólo un viaje de negocios a ojos de su mujer y sus hijos y una misteriosa baja por enfermedad en su trabajo, baja que, irónicamente, este año había acabado por convertirse en realidad para Claudia, su amante.

- Parece que te ha subido la fiebre. Voy a remojarte un poco el paño con agua fría.

Llegó a la cocina, iluminada con un pequeño fluorescente, con el paño húmedo y caliente en sus manos, y mientras lo mojaba en agua fría, miró la oscuridad a través de la ventana, que temblaba con cada golpe de viento. Que tétrico y triste se había convertido aquel paisaje que tantas veces les había visto amarse durante tantos días. Nunca antes Andrés había reparado en lo aislado e indómito de aquel refugio; embelesado por la miel de Claudia, aquel lugar siempre le había parecido tan encantador como tremendamente acogedor. Hasta ahora había valorado positivamente aquel aislamiento, pues la empresa que se traían unos amantes secretos así lo requería, pero aquella sensación de soledad empezaba a resultarle asfixiante.

Pensó en qué diferente se vería todo si alguna vez pudiera traer allí a sus hijos y a su mujer; y mirando por la ventana pudo imaginarlos jugando y correteando más allá de la colina. Si tuviera valor, pensó, si no me remordiera la conciencia al hacerlo, traería aquí a Miriam y a los críos todos los veranos. Pero no. Estando en aquella pequeña casa, cualquier día al despertar, podría abrazar a Claudia en sueños y susurrarle al oído un terrorífico “Te quiero, Claudia” a su esposa Miriam; pues así estaba ligada Claudia a aquella casa.

Escurrió el paño con fuerza y lo dejó a un lado del fregadero. Se encendió un cigarrillo y se puso a preparar café.

Qué horrible le parecía todo de repente, preparando un café y fumando un cigarrillo, perdido en las montañas con la única compañía de una enferma casi desconocida. Si bien, era él quien no se reconocía. Durante estos días era una persona completamente diferente.

- ¿Quién soy? – Dijo mirando a su reflejo desnudo en la oscura ventana.

Y ocurrió entonces.

De puro pánico pegó un brinco hacia atrás y tiró la cafetera, desparramando todo el café molido y el agua hirviendo por el suelo. Resbaló y su culo huesudo golpeó contra el suelo con gran estruendo. En los segundos que permaneció sentado, mirando a la ventana con los ojos abiertos como nunca antes, pudo cerciorarse de lo que había visto.

Y lo que había visto le miraba.

Lo abominable, lo horrendo, lo desconocido. ¿Cómo había llegado aquella cosa allí? ¿De qué infierno había escapado? Le miraba y se burlaba de su desnudez, de su ridícula estampa, con una mirada de puro desdén desde el otro lado de la ventana. Se heló la sangre de Andrés como por un relámpago de hielo y tal fue el horror, que dudó si el café desparramado por el suelo no se tratara sino de sus pestilentes deposiciones.

Gracias al agua hirviendo pudo Andrés reaccionar. Espabilado por el dolor de sus quemaduras, puso su cuerpo tembloroso en pie y echó a correr como pudo hacia la habitación de Claudia.

- ¡Claudia! ¡Levántate!

Claudia entreabrió los ojos adormilada, y en cuanto vio el estado en el que se encontraba Andrés, se incorporó asustada.

- ¿Qué pasa?
- ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Por el amor de Dios, Claudia!
- ¿¡Qué pasa!? No me asustes, Andrés.

Golpearon la puerta.

- ¿¡Quién esta llamando a la puerta!?

Golpearon la puerta de nuevo, con más fuerza, y Claudia se echó a llorar asustada, mientras pedía respuestas a Andrés. Fue entonces cuando se dio cuenta de que Andrés no era Andrés; no al menos al que ella conocía.

El portón se abrió como por un golpe de viento, y tal fue el estruendo, que podría haber despertado a cualquiera de una pesadilla.

El café estaba listo. Andrés cogió la cafetera con cuidado de no quemarse y lo sirvió en la taza. Acercó su nariz para aspirar el suave aroma y dio un pequeño sorbo. Miró hacia la ventana, y vio a sus hijos jugar con una cometa en lo alto de la colina. Qué lejos quedaba ahora Claudia de todo. Ya no era más que una recurrente pesadilla.

- ¿Has hecho café? – Le preguntó su mujer irrumpiendo en la cocina.
- Sí, toma esta taza, ya me pongo yo otra.

Y mientras Andrés se servía más café, su mujer lo abrazó por la espalda y le susurró un dulce te quiero al oído.

- Yo también te quiero, Claudia.

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Una Respuesta a Claudia

  1. me gusta, es para leerlo varias veces. SEGUIMOSSSS

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